La enfermera y el Gregorio Marañón
La joven enfermera que se equivocó al alimentar al neonato Rayan está en tratamiento psiquiátrico, según informan diversos medios de comunicación. Es lógico: ¿quién, y tal vez más a esa edad, no quedaría traumatizado por un accidente del que, además, la trascendencia mediática ha sido abrumadora?
La enfermera ha cometido un grave error, un error, por otra parte, que forma parte de la vida. No se me entienda mal: ni justifico el error ni lo minimizo. Pero sí que quiero señalar que los errores se cometen y estos se producen en cientos de profesiones. En las profesiones relacionadas con la salud, evidentemente, pueden resultar fatales.
Con todo, considero que la presión de la Comunidad de Madrid a la enfermera y el servicio de enfermería del hospital, con un informe en el cual no se ha preguntado a la enfermera, y lo rápido que el gerente y el director del Gregorio Marañón han querido desligarse del error, señalando a un error humano y ajeno al servicio del hospital, es vergonzoso y carente de dignidad.
No hay que ser muy inteligente para intuir que si el padre de Rayan decide, como ha asegurado, demandar al hospital, la compensación económica puede ser de aúpa. Y las clínicas y hospitales están, también, para ganar dinero, no para perderlo. Sin contar lo dañada que pueda quedar la reputación del Gregorio Marañón en la sentencia.
Es obvio, y de sentido común, apreciar una negligencia en cuanto al funcionamiento del servicio en el hospital. Pero tampoco entiendo cómo en un informe aparece la expresión “de buen grado” que se le atribuye a la enfermera, como si un trabajador temporal pudiera decirle a su supervisor: “no, mire, ahora mismo no me apetece”.
Hasta en la situación que comenta el hospital, en la cual la enfermera se presta voluntaria para atender a los neonatos, ¿no debería tener una supervisión constante de alguien que va a tener su primer contacto en una nueva dependencia, en la que no tiene experiencia, y que, además, hace una suplencia?
Esto, sin contar con la expresión de “terrorífico error” del gerente en las primeras declaraciones, en vez de la de “negligencia médica”, que es lo que realmente es.
La joven tendrá que superar este momento, asumir el error, y Sanidad mejorar aspectos organizativos tan absurdos como el de no señalar dos vías en un bebé de forma adecuada para evitar estas tragedias.
Pero lo que no es de recibo es señalar al más débil y hacer la vista a un lado. No vale con decir: “sí, cometimos un error”, y apuntar a la enfermera que, insisto, ha cometido un error de una magnitud trágica.
Porque entonces la enfermera es culpable de un gravísimo error, la pérdida de una vida, pero todos los demás responsables que debían tutelarla son unos mezquinos y unos hipócritas. Como poco.
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