Enamorarse
Cuando llego a la biblioteca de la universidad, veo a una chica sentada con su portátil en una de las mesas que se encuentran en la explanada del recinto interior. Frente a ella, de común -aunque la he visto sola- hay un muchacho con otro portátil enfrente. Esto no tendría nada de extraordinario si no fuera porque la muchacha es baja. Tiene el cabello negro y no descuidado, pero cae sin forma sobre una coleta. La carita limpia. No viste de una forma llamativa. De hecho, pareciera que ella no desea destacar en absoluto.
El muchacho que se sienta frente a ella es más alto. Tiene el pelo demasiado corto, pero cuando uno se acerca descubre que su cabeza ya tiene la marca del birrete incipiente y que es una cuestión estética. Viste con vaqueros y camisa. No llama tampoco la atención; ellos, en conjunto, están, pero como si hubieran decidido que se encuentran en una realidad paralela. Así que yo me los encuentro a menudo y pienso qué estudiarán para estar tantas horas con ese lío de libros, folios, cuadernos esparcidos por la mesa y sus portátiles enchufados a la misma toma de corriente.
Un día la vi de pie y observé que tenía una bota ortopédica. Desde la rodilla hasta la bota se asían dos barras de hierro -o aluminio- y vi que la muchacha era todavía más baja -sin ser enana- de lo que parecía. Su otra pierna, enfundada en los vaqueros, se veía escuálida. Caminaba con cierta dificultad. Pero no era tanta: su amigo llevaba la mano entrelazada con la de ella y se la veía feliz.
Hay tantas realidades, me dije, como botas.
Yo te diría si me permites que el lugar que describes, lúgubre y casi enfermizo (si estás hablando de la antigüa biblioteca de ULPG), tiene ese toque mágico, donde se pueden dar todo tipo de “enamoramientos”…