Iris Murdoch: El mar, el mar
Que El mar, el mar de Iris Murdoch ganara el Booker en 1978 no nos puede alejar de la realidad: el cosmos que crea la autora es tan vasto, real, con un lenguaje tan virtuoso y con una capacidad de dotar a todos sus personajes de una vida autónoma que a uno le viene, de repente, como un golpe que te noquea el pensamiento, Shakespeare.
No quiero decir con esto que emule, plagie, asemeje en las formas al bardo inglés: quiero decir que pocos autores he leído en mi vida (Dostoievski, Tólstoi, Joyce, Woolf) que me hayan hecho pensar tanto en un autor “total”, que domina por completo todas las facetas de su narración, muestra las posibilidades para un lector inteligente y, como suele leerse, pinta un fresco con una viveza y unas descripciones que estremecen por su lenguaje culto (no es sinónimo de pedante), acertado y vivo.
Ruego, encarecidamente, a todo aquel que ame la lectura, a todo aquel que desee escribir o que ya lo haga, que no se pierda no solo ésta gran novela de Iris Murdoch, sino cualquier otra de ella, en particular El príncipe negro.
En El mar, el mar, la narradora nos lleva a un pueblo aislado donde un antiguo director de teatro, con sus filias y fobias, nos cuenta un pasaje de su vida: el reencuentro con el amor (no se dejen engañar por éstas palabras, no pienso aventurar ni una pizca de la trama), las relaciones con sus amigos, con el mar -que ocupa un lugar destacado en la novela- y con la “crisis” vital que atraviesa en ese momento de su vida (sin ser una búsqueda de paz espiritual ni una depresión, tan solo un momento de cambio y cómo va transformando su percepción de su realidad).
En definitiva, hace tiempo que una novela no me deja un recuerdo tan perenne en la memoria. No quiero ni pensar lo que voy a pensar de El mar, el mar cuando la relea.

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