Los días perdidos
El ingeniero Ernst Kazirra llegó a casa, una noche, después de toda una jornada de duro trabajo, y se sorprendió al ver salir por la parte de atrás, que daba a un callejón poco transitado, a un operario que llevaba al hombro una voluminosa caja y la cargaba en un camión, en cuyo interior se alineaban ya no pocas cajas idénticas. Al parecer se trataba de la última caja, porque el operario, antes que Ernst pudiera preguntarle qué andaba haciendo, ascendió a la cabina del camión y tomó calle adelante, hacia la carretera. Ernst le siguió en el coche, durante horas, por carreteras desconocidas que se deshacían en estrechos caminos solitarios, entre colinas que nunca había visto.
Ya era la hora anterior al alba cuando el camión se detuvo junto a un barranco bastante escarpado, y el operario saltó fuera de la cabina, abrió el camión y comenzó a arrojar metódicamente las cajas al fondo del barranco. Ernst detuvo el coche a pocos metros y comprobó que en el fondo del barranco se apilaban, en desorden, cientos de cajas todas iguales.
– ¡Espere! -, gritó Ernst al operario, que ya casi había vaciado el camión -. ¿Qué significa todo esto? Le he visto sacar esas cajas de mi casa ¿Qué hay dentro?
El operario, sin abandonar su labor, respondió:
– ¿No lo sabes? Son los días.
Ernst no comprendió las palabras del operario.
– Son los días -, repitió éste, impertérrito.
– ¿Qué días?
– Tus días, tus días perdidos. ¿No quieres verlos?
Ernst se aventuró por la empinada ladera del barranco y llegó, no sin apuros, hasta las primeras cajas diseminadas. Abrió la primera: en ella vio a su hermano Josué en la cama de un hospital, solo, y con aspecto de profundo abatimiento, pero él no tenía tiempo de ir a verle. Abrió otra, al azar; pudo ver la vieja casa del Abruzzo y a Duk, el fiel mastín, ya pura piel y huesos, amarrado a la verja, esperándole; pero él nunca tenía tiempo de ir a la vieja casa. En la tercera caja encontró una calle lluviosa, una tarde de otoño, y a Chiara que se marchaba llorando, y él ni siquiera le pedía que volviese.
Ernst miró hacia arriba, y vio la silueta del operario que se recortaba en la cresta del barranco contra el cielo rojizo, erguida y oscura, como la de un justiciero.
– Escúcheme. Déjeme llevarme esos tres días. Sólo esos. Le pagaré lo que me pida, soy un hombre muy rico.
El operario no respondió, y se limitó a mirar hacia arriba, haciendo un gesto, como señalando un punto indefinible o como si quisiera decir que ya era demasiado tarde. En un momento, mientras el sol se alzaba, desapareció, pareció hacerse traslúcido, disolverse en el aire, y con él desaparecieron el camión y todas las cajas, y Ernst se quedó solo en el fondo del barranco.
Cuento escrito por el genial Dino Buzzati, uno de los mejores cuentistas que he tenido el placer de leer nunca. Lee más relatos de Buzzati en Poesía+Letras.
Es curioso que precisamente tenga escritos en tu revista, luchando por el tiempo perdido…Preguntas, once minutos…muy muy curioso. Que cosas tiene la vida, que cosas tiene el tiempo, que cosas tienen los días que pasan sin apenas percatarnos en ello.
Un saludo.
No recuerdo tener textos que se llamen así, me acordaría, creo jaja miraré a ver 😉
Mira que te gusta buscarme la humeda…eeehhh!!!