De Proust a Buzatti: cómo recuperar el tiempo perdido
Proust –el escritor del siglo XX junto con Joyce, Kafka y Freud-, que siempre fue por delante de nosotros –como hacen siempre los grandes genios-, escribió en En Busca del Tiempo Perdido: “Pues apenas toqué el primer botón de la bota […] El ser que venía en mi ayuda, que me salvaba de la sequedad del alma, era el que, años antes, en un momento de angustia y soledad idénticas, en un momento en que yo no tenía nada de mí, había entrado y me había vuelto a mí mismo, pues era yo y más que yo (el continente, que es más que el contenido y me lo traía)”.
Salvando que aquí Proust habla de su abuela, esta descripción se asemeja bastante a la necesidad del conocimiento del otro. Esta necesidad, que durante siglos fue común a las relaciones del hombre, ha sido sustituidas por instrumentos de soledad, en pos de un bienestar social acorde con un crecimiento tecnológico sin precedentes. Nunca, en un siglo, el hombre avanzó tanto –ni las multinacionales tampoco-. Y esa continua adoración del becerro de oro científico lo aparta de su lado más humano, de esa magia que nos describe Proust que es el conocimiento del otro – y he aquí al hombre y mujer del siglo XXI buscando soluciones a su vacío espiritual-. En ese descubrimiento creamos nuevos vínculos y crecemos; en mitad de la masa no somos sino masa. El otro -y su otredad- nos presenta una nueva dimensión de perspectivas y realidades que nos asombran y enriquecen: porque bajo el contexto propio sólo hay dogmas y direcciones únicas aún en aquellas buenas intenciones.
En un cuento de Dino Buzzatti, un hombre ve cómo un camión arroja al camino una cantidad enorme de cajas; el conductor le explica que, lamentablemente, son todos aquellos momentos perdidos por él, ese ocio consentido que pasa y se apodera de los momentos. El hombre, que somos nosotros, pregunta si podría recuperar esas cajas. ¿Y cómo recuperar ese tiempo?
Como es imposible recuperar el tiempo perdido, y como nos acostumbra tanto nuestra pereza –esa que se agarra con fiereza a todas las demás virtudes- y nuestra dejadez, una de las grandes recuperaciones de ese tiempo es el encuentro con la otra persona; con las nuevas personas; y digo personas sin etiquetar –llámese amigos, pareja, conocidos, etc.-. El conocimiento del otro y el intercambio libre puede ser un tiempo recobrado. Para esto, sólo hace falta un par de direcciones: huir de convencionalismos –que no son nuestros, sino que los hacemos nuestros-, y estimular con la sonrisa –procurando abrirla al otro, para que éste no se sienta ni juzgado ni comprometido-. La sinceridad es para gente valiente; a los cobardes siempre les queda escribir la historia: por eso la literatura siempre fue escuela de cobardes, de aquellos que rechazaron la acción y el riesgo; aunque, por ser justos, hay una cantidad –menos grande- de aquellos que prefirieron el riesgo de expresar sus ideas en tiempos revueltos y demasiado sensibles al cambio. Si es verdad –y yo así lo pienso- que sólo estamos en este mundo de paso y para vivir cuatro días –algunos dicen dos pero lo doblo sin complejos-, entonces no perdamos el tiempo dando explicaciones de por qué esa persona nos ofrece un intercambio sin más: todo aquel pensamiento sobre el por qué de su decisión sólo entorpecerá la comunicación y el plano del diálogo, que nos lleve al conocimiento del otro y, tras esa aventura, reconocernos aún más. Es justo decir que somos libros cerrados esperando a ser leídos.
El tiempo recobrado es, también, el tiempo de la unión con la otredad.
¿A alguien se le ocurre qué prejuicios o impedimentos encontramos para poder conseguir este conocimiento libre?
A mí se me ocurre, sin pensar demasiado –como es uso y costumbre- en circunstancias aplicables tanto a nosotros como al otro:
La televisión, los prejuicios del otro sobre su intención (por ejemplo, si tratara de seducirme) –aunque en el peor de los casos siempre pueden decir que no-, el acomodo con la vida propia, la envidia, la hipocresía, una excesiva timidez, la desconfianza en nosotros mismos, el peso de la opinión ajena antes que la propia, la inseguridad por el resultado del encuentro, la carencia –por falta de entrenamiento- de brindar diferentes tipos de posibilidades o niveles de conocimiento, el ombliguismo (es decir, el egocentrismo), el uso y abuso de estereotipos sobre cómo son las cosas en vez de pensar en cómo adecuarlas a mi uso y disfrute, el abuso de los foros en internet y de la cama en los días de fiesta, el ver sólo películas ganadoras de oscars o en su defecto la checas subtituladas en cines a punto de desaparecer, los libros de autoayuda teniendo psicólogos, creer que el mundo es redondo cuando lo cierto es que es achatado por los polos, que todo el mundo hable del amor y nadie lo haya visto nunca, que tú me gustes pero que puedo evitarte o conformarme con tu amistad, que busquemos siempre el momento para hacer daño, que no seamos consciente de que podemos hacer daño y no saberlo nunca, que los siguientes sesenta segundos pueden ser una eternidad, y que estamos acostumbrados, como en el cuento de Buzzatti, a tirar cajones de tiempo perdido que jamás podremos recuperar.
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Le he linkeado y le agradezco por su blog, siempre regreso. saludos :love:
¡Hola Margarita! Pues gracias por tu visita, será devuelta en breve!
Y gracias por tu comentario!
Julio. 😀