¿Instinto paternal?

Estoy empollado: falta Pajaroto.

Pero vamos a ver: ¿yo no soy un soltero en plena ebullición y que intenta aprovechar sus últimos años de soltería que todavía se tiene que liar con todas las amigas de las maravillosas mujeres que me comentan en la bitácora, o al menos unas cuantas, o no? 😀

Y entonces, ¿por qué se me cae la baba con mi sobrina? ¿Don Juan tenía instinto paternal?  ¡Aish! ¿Seré un mal tío porque creo que le daría casi todo lo que me pidiera? La sensación de verla feliz es como una droga: con el ansia de los que les gusta matar marcianitos en las máquinas recreativas me gusta hacer cosas para que la sobri se lo pase bien.

Es decir: en el cine, cuando empiece a llevarla y me pida roscas -palomitas, cotufas- y chuches, le diré pues claro, cuál quieres, y luego un helado, y luego le diré que no a algo, me hará pucheros y yo caeré presa del chantaje emocional -que ella sabe que funciona- y le compraré algo de chocolate -y me dirán los padres que la malcrío-. Es decir: que van a venir sus padres a darme la lista de lo que no puede comer y lo que no le puedo comprar -eso es lo que ellos piensan, en su ignorancia; no saben que los tíos estamos en el mundo con una misión secreta, que es la de ser Reyes Magos las horas que pasamos con la sobri y ser «los chachis», «los guays», porque somos más laxos y entendemos sus problemas mejor: nunca castigamos salvo en casos excepcionales de corrección educativa, eso que se llamaba valores-.

Pues no voy hoy a ver en la mejor compañía posible la última del Harry Potter y yendo a un bazar aprendí varias cosas. Primera, que si le has dicho a la sobri que te ibas a comprar pan y vuelves y no traes pan, se mosquea. Es decir, tuve que entrar al llegar a casa de la abuela a la cocina a toda prisa, ir a por pan y decir «mira traje pan». La teoría es que si se da cuenta que le puedes mentir ya luego no se queda a solas porque tiene miedo de que no vuelva. Es decir, a los niños, mientras más tarde se lo apliquen, mejor -el concepto de mentir, digo-. Luego de adulto se ve que le cogemos gusto al asunto.

Así que digo, ¡bueh!, había unos sobres del Pocoyó y digo voy a comprarle uno a la nena para verla privada y contenta. Ahora que tengo un máster en «qué cosas le gusta y no le gusta a la sobri», tenemos que Pocoyó es el rey del mambo. Ni Dora la exploradora ni el Mickey Mouse -aunque mira que la Dora le gusta mucho-. Como le digas «Vamos a ver a Pocoyó», te dice en un susurro: «sí». Más buena. Más guapa, toda rubia de tirabuzones con sus ojos azules. El otro día me dijo que si le ponía en su cuenco más palitos de maíz. ¡Aish!

Pues no va la madre y le compra unas pegatinas de Dora -que vienen como las de fútbol, para rellenar un álbum- y un paquete sorpresa del Pocoyó para otro día, pero claro, el tío dice: y yo le compro otro y se lo doy hoy, y es que el asunto era que los padres se fueron también con el truco de «vamos a comprarte algo», y claro, de vacío no puede volver que luego pregunta. Así que ni corto ni perezoso vamos a ver de vuelta a la sobri y para que de la emoción no se desborde ante tanto regalo, le da la madre las pegatinas primero y guarda su sobre de Pocoyó para otra ocasión.

Oye, qué prive. Primero las abre, luego todo el mundo con el «¿qué es, es Dora?» y ella «síiii», y luego reparte una a cada uno, por voluntad propia. Pero claro, el reparto dura lo justo. ¿Ya la viste? Trae eso de vuelta. Me quita la mía sin decirme nada, absorta en el paquete vacío que lleva en su mano -pero suficientemente atractivo-, la madre la despista con algún comentario, la abuela, la otra tía, el padre, y cuando vuelve a su mundo y las empieza a recoger uno por uno vuelva a mí, en plan cobradora del frac, y me dice:

-¿Y la tuya? -Y la gente se empieza a reír. A mí me deja perplejo cómo puede estar callada sin apenas decir nada y cómo de repente construye frases con sentido, conjuga verbos y repite comentarios en el mismo contexto, la muy enana.

Yo le explico como puedo que ya se la  había dado y bueno, como traje el pan y vio que era cierto, parece que se fía; se queda satisfecha -repasándolas de todas formas hasta que le digo mira ves, esta era la mía- y se va a pegarlas a la nevera de la abuela -que es el sitio de pegar oficial en la casa de la abuela, a poco más de medio metro del suelo-.

Entonces va el tío -es decir, yo- a buscar cinta adhesiva. Me pego las esquinas de mi regalo de Pocoyó -porque el tío es listo y le da el regalo bomba a la sobri- sobre el pecho de la camisa -soy un regalo andante-. Entonces, mientras jugaba con la tía, me acerco y le hago preguntas a ver si ve el paquetito de Pocoyó pegado en mi camisa, correteando de aquí para allá con una cinta y con esa extraña hiperactividad nocturna.

Y en un momento dado, se para cuando le pregunto. Yo de pie, sonriendo, haciéndome el despistado, preguntándole sobre las pegatinas de Dora. Parece que esta vez sí se da cuenta, quedándose dos segundos mirando mi pecho, con el sobre pegado con cinta adhesiva, ¡como para no verlo! Entonces mira hacia abajo, se sonríe y se abalanza sobre la tía y le da un abrazo. Pero no me dice nada. Se va a la cocina corriendo a ver a la abuela -para darle la noticia, supongo, de que vio un sobre con el Pocoyó en mi camisa-. Yo la sigo. Mi hermana me confirma que ha visto el paquete pero que, como tímida que es, no me dice nada.

Entonces la llamo -para que el paquete esté a la altura de sus ojos, me pongo en una silla- y dice la tía:

-¿Qué es lo que tienen Julio en la camisa?

La sobri se acerca, me mira, mira el paquete, y dice:

-¡Es Pocoyó! -señalando y mirando sonriendo a mi hermana con esa alegría que parece pura y cándida de los niños, una expresión de puro goce, mientras yo babeo pensando «si ahora me dice: Julio, tú me das 1500 euros, se los doy». 😀

-¿Lo abrimos? -le digo.

-¡Sí! -dice, con una sonrisa del tamaño del horizonte y los ojos pequeñitos, como una Pocoyó rubia de ojos azules y piel blanca.

Rasgo el sobre mientras le pregunto los personajes ilustrados del mismo -que conoce de sobra, porque yo juego a que me equivoco y ella me corrige: Pato, Pajaroto, Eli…-; entonces dejo que meta la mano a ver qué hay dentro -porque es más divertido y la emoción más intensa,- y dice ¡es Pocoyó! y entonces mete la mano otra vez y rebuscando dice:

-¿Y dónde está Eli?

Y es que claro; el elefante aparece en la portada dibujado y la niña tonta, tonta, no es. ¡Más linda! Dicho esto, en ese momento podía pedirme 2500 euros. 😀

Saca el muñequito azul del Pocoyó, que viene además con una tarjeta con su foto -yo no lo sabía pero esta gente del Pocoyó se está forrando con el invento y lo cierto es que los vídeos están muy bien, fondos blancos, pocos objetos, historias simples, pocos personajes, voz en off, el Pocoyó apenas habla, duran 7 minutos aproximadamente, que es más o menos lo que dura su atención, se cansan y despistan con facilidad salvo que algo les guste mucho mucho mucho-, y la niña se va enseñando a todo el mundo el muñeco azul de Pocoyó. Cuando se va a su casa, se lleva las pegatinas de Dora sobre un folio -el pegue no es muy fuerte y ser pudieron quitar de la nevera- pero el Pocoyó no está -lo ha dejado por alguna parte mientras cenaba, pero el resto del tiempo lo aferraba con la mano-. En brazos de la madre, mira hacia atrás y dice con su vocecita:

-¿Y Pocoyó?

Menuda memoria, con todo lo que hizo después y la de juguetes que tiene. En fin. Manda más que un sargento: todo el mundo de rodillas a buscar el Pocoyó a ver por dónde anda el muñequito -eso es poder y no lo de Obama-. Finalmente aparece, se lo acercan, lo coge, se priva, se ríe, lo enseña a la madre triunfal y el tío al ver su carita piensa: es que me la como, ¡aish!, ya van 3000 euros. 😀

Me preguntaba mi primo, que es un par de años más joven, que qué sentía ahora que era tío. En realidad es un proceso y en los comienzos no era consciente de nada en particular: de entrada veía que no conectaba con la niña y yo le hablaba como suponía que se le habla a los niños: voz de falsete, sonrisa amplia, comentarios sobre qué niña más linda. Lo único que conseguía es que me mirara como diciendo «éste quién es». Ahora, según ha ido creciendo y me ve más, resulta que delante mía me dice Julio o me señala y me identifica -cuando me habla, que tiene sus días- y cuando está en su casa y la madre le dice «hoy hablé con Julio, que te regaló el otro día la pelota», dice que en la intimidad me llama Julín, y a veces repasando los nombres de la familia dice «Julín, Julán». ¡Aish! ¿Ya dije que era linda? Es decir, que sabe más de lo que confiesa aparentemente -al menos a mí- y tiene la afición de repetir todo lo que oye.

Volviendo a la pregunta: te entra un sentido de protección tremendo y empatizas mucho con sus emociones. Me pongo de parte de la niña sin pensarlo y ese proceso de manipulación indirecto ¿hasta dónde llegará? Es decir, si alguna vez tengo una nena y en plena adolescencia la veo con un escotazo y le digo:

-Si tú te crees que vas a salir a la calle así, vas lista.

Entonces dirá la temida palabra:

-¡Mamá!

Como yo sé que estaré con una tía con mucho carácter, preferiré dispararme un pie a que me de una clase teórica sobre aspectos de la adolescencia, etc. y cederé -y porque mi vida sexual es sagrada-. Y puede también que después de socavar la autoridad paterna y efectivamente salga a la calle con sus melocotoncitos al aire para que un pervertido se relama -como me relamo yo ahora- me acerque a la puerta justo cuando vaya a cerrarla y le diga con voz que tiene cierta autoridad pero que no es sino una imagen para que no piense que hace de mí lo que quiere:

-¿Tienes dinero para el taxi, no?

Ella dirá que no poniendo esos ojitos que tan bien sabe poner y que lleva entrenando desde que era un bebé -y aunque lleve algo, nunca es suficiente para ellos, verdad-, y en el fondo da igual porque aunque dijera que sí el papi le insistiría por si acaso.

Y si no tuviera, yo le daré un poco más para el taxi, el botellón y las emergencias -si lo tengo, ¡que esa es otra!-; y si la madre la ha penado sin paga o lo que se estile dentro de 20 años -¡te castigo sin iPhone!-, le diré algo que ya me había pasado a mí antes y que disfrutaré en secreto pensando que la nena adora a su papi -y no a su cartera-:

-Toma, pero no se lo digas a tu madre.

¿Y todo esto, en el fondo, para qué? ¿Para que me deje luego en un asilo? Pues para que luego diga que tiene el papi más lindo del mundo y yo me seque las lágrimas cuando aparente esar tranquilo en el día de su boda -en el que se casará con un imbécil pero al que tendré que soportar- y me digan, al ir a cortar la tarta, «qué pasa, que se le cae la baba al padre con la hija, ¿eh?» y entonces no pueda evitar ponerme a llorar -cosa que había logrado contener el resto de la ceremonia-. Eh, qué tal. Así que con la sobri ya es como hacerse un máster. ¿No? 😀

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

8 Comentarios

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  • El doctorado será cuando seas padre, de momento prácticas. Instinto paternal? , pues si, porqué no? Que experiencia má bonita , cuando esos pequeños diminutos son capaces de cambiar tu mundo.
    Besos Julio 😀 😉

  • Decía uno de los creadores de Pocoyó, cuando le preguntaron de dónde había salido el nombre del muñeco, que su hija pequeña por las noches antes de irse a la cama decía «Jesusito de mi vida eres niño pocoyó» ( 😀 ) y que de ahí había salido…
    El mío, creo que ya lo sabes, está loco también con Pocoyó a pesar de que, como dices, Dora (y ahora Diego, el primo de Dora que ya tiene unos dibujos propios) son imporantes pero no tanto como Pocoyó. Por favor que a nadie se le ocurra ponerle a la niña Cantajuego…esos son el diablo y ellos se enganchan como yonkis, yo por fin conseguí quitérselos al peque pero pasamos unos 8 meses de suplicio horrible, con un año y poco nos lo pedía con señas, en la guarde se lo ponían, en casa de mis padres también y para colmo mi padre va y me da unas copias para que lo «disfrutemos» también en casa ¬¬.
    Creo que los tíos están para consentir a los sobrinos, yo veo a mi hermano con mi hijo y veo lo que has descrito tú: le consiente todo. Trabaja en una tienda en la que tienen desde libros de segunda mano, pasando por cómics, a coches en miniatura y cada día que le va a visitar le da un coche – que posteriormente tiene que pagar, aunque supongo que se hará precio así mismo- el niño tiene una colección de coches ya que no sé dónde los vamos a meter…yo me enfado por que lo está consintiendo y le da todo pero…por otro lado su figura es necesaria, es como el amigo mayor que está a su altura y en el que confía. Yo lo vi en mi ahijado, un chico con el que ahora apenas trato pero con quien tuve una estupenda relación hasta que tuvo unos 17 años (ahora tiene 21). Me contaba todo, sus dudas, lo que ocurría en clase, y lo mejor de todo es que me hacía caso. Querido Julio, creo que con tu hija serás distinto, ese sentimiento de satisfacción estará presente pero creo que le montarás una bronca por ir con el escote y la minifalda y le dirás «ayer te dí 100 euros, si hoy no tienes nada es tu problema – aunque estarás preocupado por saber dónde se los gastó y cómo volverá a casa- yo no soy ninguna máquina de hacer dinero y en mi casa las mujeres no se visten así y blablabla» su madre, con carácter :D, le echará la bronca por unas cosas y tú por otras…es así, o eso creo, por estos dos años de experiencia como madre.
    Un besotón

  • Bueeeeeno, pues yo en eso de ser la tía «guay» soy experta, tengo 2 sobrinos de 7 y 5 años respectivamente, el niño (de 7) se llama Chris y es quien me acompaña a toooodos lados cuando nadie más quiere ir conmigo y prefiero 1000 veces su compañía, que si vamos al cine, puedo ver desde Harry Potter pasando por Linterna Verde y terminando con los Pitufos, me hace reír y me hace llorar cuando saca alguna graciosada, además, soy la tía consentidora, la que todo le compra y la que a cada rato le compra pelis… Creo que no seré así con mis hijos porque entonces me preocupará que pasen tantas horas frente a la tv o que coman tacos y garnachas el fin de semana.

    Pero supongo que al final de todo, el instinto es el potente y el bueno, ese siempre se hará presente al final de todo.

    Un beso, tío! ja ja :-*

  • Qué envidia me das!
    En mi familia soy la pequeña, llegué tarde, aparecí por sorpresa cuando nadie me esperaba, y mis hermanos mayores tuvieron sus hijos cuando yo todavía era un moco. Así que mis sobrinos eran como mis hermanos pequeños. Y ahora que sería una tía genial mis hermanos me dicen que si quiero un bebé al que mimar, que tenga hijos, que con la edad que tengo también voy a llegar tarde a eso… :-((

    • Se nota, no me preguntes por qué, que si no eras la peque no eras la mayor. Hay un aura mística que cubre a los que son los mayores jajaja. No, pero está muy bien, estoy seguro que ERES una tía genial -en ambos sentidos-.

      Ya sabes: la cuestión es el camino, no la meta, siempre hay tiempo para el instinto maternal. ¡Hay que disfrutar de la vida! 😀

  • El babón es normal e indica que es hora de que tú también tengas hijos. Es el ciclo de la vida. Papá pone una semillita en mamá… ¡y la empuja con tó lo gordo!

  • Pues sí, es instinto paternal puro y duro 😉
    Ya en serio, los sobrinos tienen el poder de despertar cierta ternura, curiosidad, amor, paciencia y un montón de emociones más que nos hacen tratarlos como unos reyes 😀
    Son adorables.

    Un beso, amigo

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