Corrigiendo un relato: cazando al conejo

Me preguntaba Memiliano, al que puedes seguir en su blog -¡que recomiendo!-, cuáles eran mis pautas a la hora de revisar un texto. Lo cierto es que la primera motivación es que sé que algo no encaja. Por lo general, desconecto de los textos escribiendo otros o leyendo, y cuando vuelvo, pasadas ya unas semanas o incluso meses, lo leo y al instante detecto lo que no encaja.

Lo que he tratado de hacer los últimos años es que mi escritura no esté demasiado pendiente de la corrección gramatical y las frases del tipo: sujeto, verbo y predicado, distribuyendo los complementos según me pareciera. El corrector interior está siempre ahí, dispuesto a meter la zarpa y arrancar frases y párrafos de cuajo por otros más formales. Yo no aspiro a ser Pío Baroja, y no tengo nada contra el gran escritor, pero no es mi estilo. Así que lo complicado es mantener bajo tierra al corrector interior y ya llegará su momento más adelante, una vez escritas las barbaridades.

A veces puedo tomarme un café mientras corrijo, pero, por lo general, en estos momentos me gusta estar concentrado porque, bajo mi perspectiva, ¡lo que tengo que resolver es un problema! O unos cuantos. A continuación voy a poner un ejemplo -es una fortuna haber encontrado esta versión tan reciente, no guardo versiones tan antiguas de la mayoría de mis relatos- de un fragmento de un relato titulado Ha vuelto, que tal vez algún día vea la luz.

-Soy yo. He vuelto.
-¿Quién eres?… ¿Primo Jaime? -la voz melodiosa no permitía distinguir el sexo; lo más que se podía deducir es que se trataba una persona muy joven; quizá por eso preguntó por su primo Jaime, al que hacía años que no veía.

El párrafo que corresponde al segundo personaje es horrible tirando a pésimo. Debería tener unos veintipocos años cuando lo escribí. Está claro que quería comunicar tres cosas:

a) Una voz agradable al oído.

b) Una voz que podía pertenecer tanto a un chico como a una chica.

c) El flashback de memoria del narrador que intenta situar la voz en un familiar lejano.

Lo más sencillo hubiera sido haber escrito algo parecido a: “La voz que escuché podía pertenecer tanto a un niño como a una niña. Mantenía un tono  fresco y dulce al mismo tiempo, como un arroyo armonioso que fluyera en un jardín japonés. Me vino a la memoria, por ponerle un rostro a la voz, la imagen de mi primo Jaime, al que no veía desde que regresó del frente sin una pierna, y del que sospechaba que se había presentado voluntario para acabar con las burlas crueles sobre sus formas amaneradas”.

Ahora bien, comparemos esto con un fragmento de Submundo de Don DeLillo (adoro esta novela):

En el verano de las azoteas, copas o cena, un jardín arrinconado con una mesa de hierro forjado cuyas patas curvadas precen salpicadas de esporas de óxido, y acaso eso que trepa por la chimenea son rosales franceses, de un color que llaman rubor de doncella, o una larga terraza con superficie de pizarra con abedules plantados en bañeras de cobre y las risas de una docena de personas resonando leves y exquisitas en la noche, flotando sobre las sopas frías en dirección a los rascacielos y las cúpulas y los depósitos de agua, o una comida apresurada, un viejo amigo, tumbonas de playa y comida china a domicilio y el olor mantecoso de las plantas de dragón bajo el sol.

¡Menuda diferencia, verdad! No se trata de imitar, el texto es a modo de ejemplo, pero otra cosa que noto ahora, pasados los años, de ese relato, es su nivel de lenguaje. Aquella primera versión, aunque solo muestre aquí unas líneas de diálogo -y soy de los que piensa que los diálogos no necesitan mucho adorno-, tenía un nivel léxico muy pobre.

Y a partir de, digamos, esta primera revisión, leería de nuevo todo el texto y volvería a hacerme las tres preguntas: ¿las he contestado? Y entonces me plantearía: ¿qué estilo estoy siguiendo en esta obra? ¿Minimalista, estoy haciendo prosa poética, puedo reescribir la metáfora del arroyo japonés por otra mejor, o incluso reescribir esta misma metáfora? ¿Qué ocurre si elimino todo eso que digo de mi primo y me concentro en el diálogo y no distraigo al lector con una historia secundaria que no me interesa? ¿O es historia cuenta cosas del protagonista del relato? ¿Qué cuenta? ¿De qué estoy hablando; cuál es la segunda historia; cuánto quiero que asome la segunda historia; estoy haciendo postmodernismo o es un relato clásico modernista? La verdad es que todo esto me lo suelo plantear pero de una forma automática, cuando comienzo el relato no sé dónde va a acaba pero tengo clara la forma. A veces pruebo a reescribirlo todo en otro tiempo (en pasado, o todo en futuro) por si la historia no me encaja, o lo reescribo todo en tercera persona y un narrador omnisciente, o tapo muchísimo al protagonista, dejando que sean los objetos los que cuenten la historia. A veces dejo que sea el lector el que la termine (ese famoso lector inteligente que va rellenando huecos de la historia)… Hay tantas opciones como gotas de agua en el océano.

Este es, más o menos, el proceso que sigo. ¿Complejo? En realidad lo es más todavía. Normalmente no encuentro este tipo de textos sobre cómo se corrigen a sí mismos de otros autores. ¿Miedo a desvelar cómo lo hacen o lo consideran aburrido? Sea como sea, da igual la técnica que uses si no tienes el talento necesario. Y solo tú puedes contar las historias desde tu punto de vista. Otro tema es hacerlas universales. Es más fácil, decía García Márquez, atrapar un conejo que un lector.

Imagen: Algunos derechos reservados por notsogoodphotography.

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

4 Comentarios

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  • Pues si hablas del miedo a desvelar los trucos o las deficiencias de cada uno…a mi me has acojonado 🙂

    Debe de ser deprimente (para los torpes como yo) dejarte un texto para que lo corrijas y observar al ver el resultado que lo único que era más o menos correcto de todo el texto, era el punto final 🙂

    Lo que planteas a mi me me parece por un lado valiente no me imagino a casi ningún escritur desvelando inpúdicamente sus dudas, sus correcciones y la desesperación de esculpir una vez tras otra un texto.

    Estoy de acuerdo que con el tiempo se cambian cosas, incluso se mejora, aunque sólo sea por la práctica. Además creo que las propias vivencias moldean al forma en el que el autor refleja una historia en el papel.

    Yo no sigo ningún proceso, por simple ignorancia supongo, releo, corrijo, cambio, borro hasta que algo dentro salta diciendo “así” o hasta que me agoto y lo dejo más o menos aparente. En ambos casos estoy seguro de que la próxima vez que lo vuelva a leer, lo querré cambiar 🙂

    Salu2

    • ¡Hola! Qué va, Markos, si esto que yo puse de ejemplo creo que lo hacemos todos, date cuenta que cuando pongo el ejemplo me sitúo en ese caso concreto, pero a veces necesito que otros sean los que se den cuenta de problemas del texto. Sí sigues un proceso: relees, corriges, cambias, borras, jaja, es el mismo proceso que el mío. Lo único que yo he puesto luego una serie de preguntas que te puedes hacer en un momento dado -y las que faltan-. Un abrazo. 😀

  • Ante todo muchas gracias por escribir este post, mencionandome y hasta recomendando mi blog!! Muchas gracias!! en serio.
    Ahora, la parte de la disculpa (que me da hasta vergüenza), perdón por demorarme tanto en venir a comentar, lo dejé guardado para leerlo más tarde, y vaya que terminó siendo realmente tarde 😛
    Estuve bastante alejado de los blogs, de escribir y de muchas otras cosas en internet durante este tiempo (creo que es uno de los mayores “parates” que tuve) voy a ver si me voy poniendo al día, pero lo primero que vine a leer y comentar fue este post 😉

    Ahora sí, me parece genial el método, hacerte tantas preguntas. No solo del texto y la historia en sí, sino de la forma. Y aunque queda claro que es un proceso semi-automático, requiere de un esfuerzo importante por corregir el rumbo. Ese esfuerzo es lo que envidio (sanamente), luego desde ya, hay que tener el “ojo” para poder hacerlo y llevarlo a cabo. Y creo que podes resolver esos problemas de manera formidable, quiero decir, tenes elementos más que suficientes de los que valerte para poder corregir al pasar días, semanas o meses lo que haga falta y mejorar sustancialmente cualquier texto. El ejemplo lo deja más que claro 😉

    Uno de mis problemas (siempre hablando desde mi nivel de aficionado) es olvidarse o “despistarse” de responder esas preguntas que vos planteas y terminar preocupándose por la narrativa, de querer sorprender al lector a cada paso. Tal vez hasta forzando metáforas, que podría ser tan valido como lo otro, pero al hacerlo uno termina (y al menos lo he notado mucho en mi caso) olvidándose lo importante de lo que está contando.
    Por demás de interesante las cosas que tenés en cuenta al editar un texto y cómo (o por qué) corregirlo. Sin duda que voy a tener todo esto en cuenta para más adelante, intentando interiorizarlo, para que luego salga con mayor naturalidad…

    Un gran abrazo!!
    (Repito, muchas gracias, perdón y ya estaré poniéndome al día con la lectura del blog 😉 )

    • De nada, hombre, tu pregunta fue inspiradora, me gustó escribirlo. Tú tranquilo, yo tengo mis épocas de desconexión también, ¡son necesarias!

      Lo bueno es no perdernos la pista. Gracias por pasarte y en lo que pueda ayudar, ya sabes, yo también estoy para aprender de todos y de ti también. ¡Un abrazo grande y feliz semana! 😀

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