Submundo
¡Escuchadme, atenienses! Dejad vuestro trabajo y reuníos debajo mía, en esta plaza. ¡Así, acercaos todos! Llamad rápido; el amigo al amigo; las mujeres que traigan a sus hijos. Ahora, oidme. Tengo algo importante que revelaros, algo nuevo y ajeno a las cuitas de los filósofos y los embaucadores.
Prestad atención pues tal vez os resulte de importancia.
Debajo del lecho, bajo los altares de los dioses y los empedrados que lleva nuestro imperio de oriente a occidente, oculto al ojo, a la espada y al pergamino, permanece un bulle bulle irreductible y misterioso. Son los insectos, los seres de la noche y del amanecer, todas las semillas, aplastadas por la argamasa y el mármol, contra el barro y la piedra salvaje. El tiempo, ese monstruo, desliza estaciones y nos desliza el pensamiento hacia otras pasiones y dudas con su manto gastado.
Un día cualquiera, mientras permaneces dormido, ateniense, ¡escucha bien!, tu subconsciente participa del cosquilleo de la metamorfosis, los alaridos ciegos de los prisioneros, conectando la médula que pertenece a la naturaleza, luz vibrante azul hermanada con todo lo vivo y todo lo fósil.
El mármol se resquebraja; el moho trepador recubre las esquinas, las larvas pueblan las grietas; así, todos los materiales artificiales son vencidos por la naturaleza, madre raíz.
Contemplamos, ya conscientes, un perfecto estado de ruina. Afanamos como abejas, laboriosos, y nos domesticamos -para que todos signifiquemos algo para todos-. El planeta nos observa con reserva: somos plaga, sanguijuelas chupasavias, niñatos malcriados, perezosos y testarudos, que todo lo queremos y nada damos a cambio. ¡El paraíso es como queremos que sea, no como es, nos gritamos, maldecimos, uníos hijos de Homero, soñadores y triunfantes, ilusionados y poderosos!
Para la naturaleza, nuestra ruina es su triunfo. Se sonríe, creo, porque lo veo en cada instante en que me detengo -consciente de mi presencia física recortada en un espacio- a contemplar el milagro y el día de las cosas; y con una caricia conjura un sol, círculo perfecto, y una brisa fresca y limpia que nos abraza en otro nuevo día.
Y así es como las madres quieren a sus hijos y les castiga con dulzura con la esperanza de que, algún día, se conviertan en hombres y mujeres capaces de conectar, conscientes, su médula de luz azul con todo lo vivo y todo lo fósil.
Como la marea silenciosa que pule mimosa, bajo las olas, la roca del acantilado, hasta deshacerla
diamante de arena rubia de arena
de polvo de luz azul
testigo y memoria de nuestros pasos perdidos
y de los padres
de nuestros padres
de nuestros padres.

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