Mi abuelo es en realidad… ¡El Super Abuelo!

alimentacion_danone_1944Dicen los italianos que la juventud acaba a los 35. Y es que estos italianos son unos cachondos mentales y, además, unos inteligentes.

Ya que está demostrado que la juventud es una cuestión mental, de espíritu, y de motivación, daré un ejemplo propio y cercano: mi abuelo.

Mi abu fue a la guerra civil y de sus compañeros que residen, que él sepa, es el único vivo. Ha ido a los entierros de todos los demás, me contó. Es curioso, pero ha hecho amigos a una edad avanzada, lo que significa que nunca es tarde para incorporar gente a tu vida.

Ah, se me olvidaba. Acaba de cumplir noventa años.

Ahora mismo acaba de llegar, con un amigo, de trabajar un ratito en el campo, con sus hortalizas, y está cantando. Claro, es que le acaban de renovar el carnet de conducir. A mí y a mi familia nos gustaría conocer al examinador que se lo renueva, para explicarle que, aún superando las pruebas, no debería dárselo.

Conduciendo es peculiar. Ahora, claro, lo usa bastante menos, por presión familiar, pero aún así lo coge. ¿Por qué? Porque siempre coge el mismo camino y se sabe los stops, los ceda el paso y semáforos de memoria, y así sobrevive en la jungla de asfalto.

Una tarde íbamos en dirección al puerto de la capital, en una autopista de tres carriles. Yo, de copiloto. Mi abuelo por el carril central, no recuerdo de que estaríamos hablando. En sus tiempos había menos coches, y probablemente no podían ir tan rápido, y casi siempre lo usaba para ir al campo o para ir a Mercalaspalmas -que es un gran mercado de abastecimiento de mercancías, porque durante toda su vida regentó una tienda-. Pues resulta que, para cambiar de carril, con toda su pachorra, me dice:

-Mira a ver si no viene nadie por la derecha que me cambio.

Y claro, uno empieza a sudar.

-Pero abuelo, cómo voy a mirar si viene uno…

-Que mires, coi -que es como decía la gente antiguamente coño, y así parecía que no lo decía-. Tú me avisas y me paso.

Unos segundos larguísimos después.

-Va, ¡ahora, ahora!

Y dando un acelerón se pasó de carril.

Días después, con mi madre, el susto en mi recuerdo:

-Yo no voy más con abuelo en coche.

Mi abuelo tenía la primera tienda de comercio en Las Palmas. Quiero decir, del reparto. Tenían la obligación de repartirle a él primero, creo que porque la dueña original -a la que le compró la tienda allá por mi novecientos cuarenta y tantos, a los pocos años de acabada la guerra civil- tenía el apellido que empezaba por la letra a.

Tuvo cartillas de racionamiento, evidentemente, y aunque digamos que competía con tres tiendas más, en un radio de veinte metros, él tenía a casi toda la clientela, llegando a tener casi mil cartillas -porque, yo que vi muchos años cómo atendía en su tienda, estaba siempre de chiste, que es parte ineludible de su personalidad: hacer bromas a las clientas, tener siempre un chiste a mano, digamos que, en el trato personal, se gana a la gente-. Recuerdo escuchar a alguna clienta: «¡Ay!, Antoñito -porque se llama Antonio-, usted siempre está de buen humor». Y claro, en malos tiempos, el humor vende.

Y el resto de tiendas fueron cerrando, y se trasladaron o bien cambiaron el negocio. Y, según mi abuelo, eran muy buenos amigos, y jamás tuvo un problema con ninguno. De hecho, decía, se pasaban mercancía o se la ocultaban -la del carbullón, claro, para venderla luego- en los almacenes unos de otros, pues era la única forma de mantener a las familias porque con la venta racionada vivían igual que cualquier otro: en aquella época no fue un negocio, era sólo una profesión más para ganarse la vida. Así que mi abuelo era un revolucionario tipo Dick Turpin o Robin Hood, por verlo desde el punto de vista romántico. Tuvo que fiar a mucha gente porque me cuenta que «¿y si no tiene para comer, qué hago, les dejo que se mueran de hambre?», y curiosamente, una vez cerrada la tienda, años después, vino gente a pagarle deudas de hasta 40.000 pesetas de la época -hablo ya de los años noventa del siglo pasado-, que no era poco dinero. Y mi abuelo todavía se sorprende de cómo la gente, al cabo de los años, viene a pagar lo que debía. Y yo le digo: pero cómo dejabas que la gente tuviera tanto dinero de deuda. Y me volvía a lo mismo: me contaba cada tragedia personal -porque claro, el tendero en aquella época era un centro de cotilleo, recuerdo de niño tragarme la vida y milagros de cada persona del barrio- y volvía al argumento de qué le iba a decir a quien no tenía dinero y eran buenas personas, según él, y que por la vida no podían tenerlo. Pues decía que les llevaba compras y cuando se enteraba -porque en aquella época uno se enteraba de todo- que una familia tenía necesidad, iba con fulano o mengano a llevarle una comprita básica.

Eran otros tiempos y otros valores: ¡con decir que mi abuelo me decía que en aquella época dejabas la puerta del zaguán abierta! ¿Y no entraba nadie?, le preguntaba. Y el decía: porqué iban a entrar.

Volviendo a la tienda, ¿que había carbullón en la época? Lo había. Y lo sabían las autoridades, aunque venían inspectores -como los de hacienda, pero en plan Gestapo- a las tiendas a ver si la mercancía que tenía poseía factura. Y las multas eran de aúpa, para la época. Es decir, el gobierno echaba la vista a un lado para que entrara mercancía, pero al mismo tiempo iba a las tiendas a requisarla, si lograba encontrarla.

El carbullón, en Canarias, hacía referencia al contrabando. Así, la gente podía comprar más alimento que el racionado. Por familia estaba racionado todo: desde el gofio hasta el pan, desde el chocolate hasta… hasta lo que hubiera, porque había poco. Nada de boutiques del gourmet, aunque por medio del carbullón se conseguían verdaderos manajares que, según decía mi abuelo, podían pagar las familias adineradas de la capital.

Un caso curioso de la época que tuvo mi abuelo fue el del chocolate. Como todo tenía su peso y su medida por ley, mi abuelo, al igual que el resto de tiendas, tenía que vender equis gramos de chocolate por persona, como máximo. El chocolate venía en paquetes de doscientos gramos, así que repartía, pongamos por caso, tres paquetes por persona y mes.

Pues un día viene un inspector y le empieza a pedir esto, lo otro… y dice mi abuelo que le pide un paquete de chocolate. Mi abuelo se lo da, y lo pesa.

-Mire -le dice el inspector-, aquí pone ciento ochenta gramos. Le faltan veinte.

¡Ah! Mi abuelo dice que entonces pensó: este ya sabía lo del chocolate, y vino aquí a ver si confiscaba más mercancía.

Pues mi abuelo le dice que él no envasa el chocolate, se lo traen así de la fábrica, pero el inspector dice que no puede hacer nada y que le confisca la mercancía y además le tiene que multar por vender menos cantidad al mismo precio.

Cosas que pasaban en el franquismo. Luego, claro, tuvo que ir a una entrevista con una de las máximas autoridades de la época, muy divertida, donde mi abuelo cuenta cómo le habló con toda franqueza para que le quitaran una multa que consideraba injusta. Cada vez que lo recuerdo se me saltan las lágrimas de la risa.

Pero eso y mucho más, para el siguiente artículo.

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

5 Comentarios

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  • UYY!!! si tu abuelo si es un «superabuelo», es todo un ejemplo a seguir, más bien diria yo…como lo hace? increible, me reido mucho, sobre todo lo de la autopista, que me lo estaba imaginando y jajaja, me he partido de risa…Un saludo y cuida mucho a tu abuelo, aunque lo mismo te cuida el a ti eh!!! :-*
    .-= Último artículo del blog de pili»cuchillita»… NO SERA UN ADIOS, SERÁ UN HASTA SIEMPRE =-.

    • En su último análisis, por un tema de una gripe fuerte que se cogió, dice: «Persona con una excelente calidad de vida». Claro que toma pastillas por ciertas cosa que van con la edad -colesterol, la memoria, etc.-, Trabajo -es decir, estar siempre ocupado en algo, no estar ocioso por estar-, la vida de campo, nada de estrés ni preocupaciones por problemas tontos, ver el lado positivo de la vida siempre y comer de cuchara -es decir, potajes y nada de fritos-. Y todo esto toda la vida, no empezó a los 70. Para que funcione supongo yo que es sembrar hoy para recoger mañana.

      ¡Ah! Y de vez en cuando, vasito de vino y en las comidas, si te tercia, una cervecita, y en los asaderos familiares y con los amigos un par, que la aguanta bien. 😀

      Por las mañanas toma sus remedios o pócimas milagrosas para estar sanote, cosas que se decían en su época, como el zumo de medio limón y una naranja en ayunas o remedios caseros para problemas caseros. Ejemplo: para las heridas, pita -más conocido internacionalmente como aloe vera-. Pero él coge la planta directamente, abre la hoja y le pasa la baba por la herida. Ha llegado a tragársela -tras masticarla- por no se qué problema de unas llagas en la boca y a los pocos días no las tenía. Soy testigo.

      Nadie es perfecto, pero yo sólo puedo decir cosas buenas 😀

    • Se lo propondré a ver pero como me dijo un día, para qué quiere hacerse rico ahora, si él lo que le hace feliz ya lo tiene. Leer, el campo, ver los debates políticos en la tele, estar con los amigos de parranda por ahí. Pero lo de los remedios puede que ponga alguno más, quedan un par de artículos pendientes sobre su vida que me parecen interesantes.

      ¡Un saludo y gracias por la visita! Gracias por los besos, mi abuelo fijo que te lo devuelve, y si te ve, te dice: «encantado, señorita», y te da la mano, que es lo que se decía en su época a las mujeres jóvenes. Comprobado. 😀

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