Un cuento de verano: Me llamo Al

¡Amén! ¡Aleluya!

El hombre iba pegado a mi espalda desde hacía veinte minutos, y a mí me recordaba a aquel tipo raro que perseguía al pobre de Zuckerman, el de Roth. Parábamos en cada semáforo en rojo, caminando a paso tranquilo, y en cuanto cambiaba a verde repetía las mismas palabras elevando sus dos brazos al cielo.

¡Amén! ¡Aleluya!

Para llegar a mi edificio hay que atravesar cuatro semáforos desde la biblioteca, y al detenernos en este,  con el tráfico muy denso y el semáforo  en rojo, le pregunto con la intención de despejar mis temores.

-¡Hola! ¿Le conozco…?

-Me llamo Mr. Beerbelly.

Y me da la mano como si desenfundara una Smith & Wesson. Se la estrecho.

-Encanta…

No pude acabar porque un pelotón de gente que aguardaba en la otra acera se viene hacia nosotros, y soltando con brusquedad mi mano, mientras le pasaban a izquierda y derecha, exclamaba con los brazos al cielo nuboso:

-¡Amén! ¡Aleluya!

Aproveché para cruzar yo también y alejarme de aquel loco. Caminé unos cinco minutos más a paso rápido y me pregunté si seguiría detrás de mí, pero el miedo a que me volviera y me hiciera algo me retenía.  Estaba arrepentido de haber hablado con él.

Entonces se me ocurrió pararme en la pastelería de al lado de mi casa y hacer como que miraba su suculento escaparate. Así podría mirar de reojo.

-No me ha dicho su nombre.

El tipo me sobresaltó. No lo había visto llegar. Tuve miedo de que lo hubiera notado, así que me limité a decir un escueto:

-Puede llamarme Al -que no era mi verdadero nombre, por supuesto-.

-Un placer, Al. Yo soy Mr. Beerbelly.

-Ah, sí, me lo dijo antes, en el semáforo.

-Lo sé, pero por lo general nadie recuerda los nombres la primera vez que lo pronuncias -me dijo socarronamente.

Se acercó a mi oído y me susurró:

-Es como una maldición.

Estupendo, me dije. Tengo que deshacerme de este pirado pero sin que vea a qué edificio me dirijo. Dije lo primero que se me ocurrió.

-En fin, voy a comprar… -dije, dirigiéndome al interior de la pastelería-. ¡Hasta luego!

-Le acompaño, Al. A mí también me hace falta pan de trigo negro, de ese que tiene espolvoreado granos de salvado y malta.

Con paso ágil, entró primero a la pastelería, y se me pasó por la cabeza aprovechar su distracción para irme corriendo a casa. ¿Pero qué clase de cobarde soy?, me dije. Desde luego, no esa clase de cobarde.

Cogió un número de la máquina expendedora y al poco nos atendieron. Me preguntó qué iba a comprar. La verdad es que no me hacía falta nada, así que le pedí cuatro panes, un pan de molde, dos barras integrales y unos croissants.

-¿Está casado? me preguntó Mr. Beerbelly mientras la chica preparaba el pedido.

-No, no, vivo sólo -y al instante maldije mi verborrea. Ahora sí que la había hecho buena. No tenía que haber dado esa información al loco del semáforo. E inmediatamente añadí:

-Soy un fan del trigo.

Me miró como quien mira a un pobre imbécil, asintiendo ligeramente, y pagó. Salimos en silencio de la pastelería, cargados de bolsas, pues también  él había comprado un pastel de chocolate y unos croissants. Ya en la acera quise arreglar cuanto antes la de la factura para irme a casa.

-No, no, invito yo, Al. Ya me lo pagará otro día.

-¡No, no! No podría. No me gusta deber dinero a nadie. Mejor le pago ahora. Mire, tome esto -le dije sacando unos billetes- y quédese con el cambio.

-No puedo, Al.

En esto que preparaba un discurso para convencerle de que aceptara mi dinero, se acerca un grupo de escolares, con la profesora al frente, justo hacia nosotros.  Mr. Beerbelly se gira, eleva los brazos al cielo con las bolsas colgando, y repite su santo y seña:

-¡Amén! ¡Aleluya!

La profesora ordena a los niños detenerse y, con sumo cuidado, en fila de a dos, los hace cruzar a la acera de enfrente, mientra nos mira con un aire retador.

Era el colmo. Intenté cortar por lo sano y ser muy seco en mi despedida.

-De acuerdo, usted pague, y ya se lo devolveré otro día. Me voy a casa, entonces. Que pase buen día.

Y me giré. Ya había bajado un pie de la acera para cruzar, pero el bluesman de los semáforos era muy ágil, y de un brinco se colocó enfrente mío.

-Estaba pensando -dijo rascándose su espesa barba negra, que le colgaba como la de un rabino- que bien podríamos tomar una cerveza en su casa, para celebrar este encuentro.

Me quedé petrificado, con un pie arriba de la acera y otro debajo. En mi perplejidad no había visto acercarse una patrulla de policía motorizada, en dirección a donde nos encontrábamos charlando, y ya casi lo teníamos encima. Había que actuar pronto. Y como me daba más miedo la policía que Mr. Beerbelly, la solución cayó por su propio peso: le invité a tomar unas cervezas a mi casa, y crucé la calle rogando porque Mr. Beerbelly no hubiera visto a la patrulla.

Subí las escaleras de mi edificio de dos en dos, y me pareció que Mr. Beerbelly lo hacía de tres en tres. El caso es que entró el primero en la puerta giratoria, empujándola con su oronda barriga, y nos dirigimos al ascensor. Al bajar aparecieron mis vecinos, el señor y la señora Bodyguard, dos ancianos venerables y buenas personas que siempre me habían ayudado. Cuando viajaba, les daba la llave de mi casa sin problema, y la señora Bodyguard regaba mis plantas y me recogía el correo.

Miré entonces espantado a Mr. Beerbelly, pero éste parecía distraído mirando hacia el interior del ascensor. Lancé un suspiro disimulado y, mientras retenía la puerta del ascensor, entré y pulsé el número 5. Entonces sucedió la tragedia. La puerta del ascensor se cerró y escuché las terribles palabras.

¡Amén! ¡Aleluya!

Y un golpe seco y al señor Bodyguard repitiendo en voz alta ¡Betty, Betty! El ascensor, que era de los modernos y que se había instalado hacía poco, cumplió la orden con premura y comenzó a subir, mientras yo le daba al botón de bajar como un poseso.

Lo que sigue no es apto para personas que padezcan del corazón. Cuando logré volver a la primera planta y abrí la puerta del ascensor, no habría pasado ni dos minutos, el espectáculo era dantesco. Mr. Beerbelly seguía con las bolsas en alto, su tupida barba negra de rabino, la sotana cubriéndole hasta los tobillos, donde asomaban unos calcetines blancos embutidos en unas sandalias de cuero. Al menos, pensé, no repite el sermón.

A su lado, la señora Bodyguard le daba un vaso de agua al señor Bodyguard, que parece que de la impresión de lo sucedido se había indispuesto. Junto a ellos estaban cuatro o cinco vecinos reunidos, mirando con temor a Mr. Beerbelly, que parecía estar en buena forma física porque no daba  la impresión de que fuera a bajar los brazos en breve.

Me acerqué a la señora Bodyguard con la responsabilidad cargando sobre mi espalda, pues a fin de cuentas yo había metido al predicador del semáforo en mi edificio.

-¿Está bien, Betty?

-Sí, no se preocupe. Es mi marido, que le ha dado un pequeño soponcio. Estos calores de verano nunca le sentaron bien. Por suerte toqué en la puerta de la señora Cattle y me ofreció un vaso de agua. Entonces llamó a unas vecinas más que bajaron a preocuparse por nosotros.

Entonces comprendí. Los Bodyguard eran mayores y no oían demasiado bien; lo sé porque he hecho varias fiestas en mi piso y nunca tuve quejas. Yo pensé que eso les hacía encantadores, pero la realidad debe ser que están medio sordos. Así que no pudieron escuchar a Mr. Beerbelly con su salmodia.

-Subamos a casa -le dije tomándolo del brazo.

Una vez cerré la puerta -me reprocharé toda la vida haberlo invitado-, Mr. Beerbelly se sentó en un sillón y me pidió una cerveza fresquita. Saqué algo de picar: primero nueces, pero no le gustaban; luego almendras saladas, pero le gustaban sin sal; ¿papas de bolsa?, no por el colesterol; ¿aceitunas con anchoas?, las prefería sin anchoas pero con sabor a anchoa. Al final puse unos granos de arroz en un cuenco para disimular un poco y me senté frente de él. Le pregunté.

-¿Es usted cura?

-No. Sólo transmito un mensaje.

-¿Qué mensaje?

Mr. Beerbelly se levantó y volvió al ritual.

-Sí, muy bien, pero qué es lo que quiere decir con eso, cuál es el propósito de decírselo a la gente.

-No entiendo a qué se refiere -dijo tomando un gran trago de cerveza. Agitó la lata como para decirme que estaba vacía y me pidió otra. Era rápido bebiendo. Fui a la cocina y me traje cuatro más, que dejé al alcance de su mano, porque intuía que Mr. Beerbelly era un buen compañero de bar. Retomé la cuestión.

-Yo sólo veo a la gente y una sensación me invade. Entonces celebro la vida y quiero compartirlo con ellos. Hacerles partícipes del milagro de estar vivos y poder amarnos.

-¿Y Dios?

-Dios que le den por culo -dijo Mr. Beerbelly, que ya tenía media barba manchada de cerveza-.

Estuvimos un buen rato hablando de su vida y lo cierto es que fue muy ameno. Tenía facilidad para contar historias y hacerlas interesantes. Y, además, sabía insertar buenas anécdotas, con lo que lo pasé muy bien. Aparte de su tic incorregible, era un buen tipo y hasta me sorprendí pensando que me caía bien.

Cuando acabó las cervezas, con media barba llena de espuma blanca, se incorporó y se despidió con un abrazo.

-Muchas gracias por todo, Al.

-Ha sido un placer, Mr. Beerbelly. Espero vernos pronto.

Lo acompañé a la puerta, descorrí los pestillos, y justo cuando había cruzado el umbral, se giró con su agilidad característica.

-Por supuesto -dijo Mr. Beerbelly- pienso volver cada tarde a visitarle, durante todo el año, vacaciones incluidas, Al. Es usted una persona maravillosa. Me gusta mucho su cerveza.

Cuando cerré la puerta sentí un ahogo seguidos de naúseas que, por suerte, no acabaron sobre mi alfombra importada. Respiré profundamente, pero de la ansiedad me hiperventilé y perdí el equilibrio por unos instantes; de la calle me llegó el eco de un ¡Amén! ¡Aleluya! inconfundibles.

¿Todo el año? ¿Vacaciones incluídas? Fue la única vez en mi vida que tuve la certeza de que por mucho menos asesinan a gente. Bueno, la única, exactamente no… Puedo decir que Mr. Beerbelly ya no acude a su visita diaria.

Pero esa historia no puedo contársela. Háganse cargo.

You can call me Al, Paul Simon, Concert in the Park:

Spotify: http://open.spotify.com/track/4PCHgeqPiYHUFnXPBGjhTj

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

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