10 razones para odiarte sin razón

Todo el mundo tiene a una persona que odia sin razón, y al mismo tiempo le produce un placer indescriptible odiarla. Estas personas no hacen necesariamente nada en contra tuya; no planean, maquiavélicamente, cómo fastidiarte una y otra vez; pero los encuentras de lo más insufribles e irritantes, y meditas si será el karma que te hace pagar por alguna putada del pasado que no eres capaz de recordar.

Es tropezarte con ellas y subirte la adrenalina, y te posee  entonces la fantasía de poder viajar en el tiempo a la edad media para abrirles la cabeza con un hacha sin temor a las repercusiones, como si fuera la víctima propiciatoria de una snuff movie medieval; son maestras en el sutil arte de sacarte de tus casillas con asuntos en apariencia triviales como preguntarte la hora o si tienes un pañuelo para dejarle.

Lo que necesitas, en definitiva, es muy poca cosa para odiarlas en plenitud; cualquier excusa te satisface las ansias de venganza, cuando no desesperas por devolverle,  qué menos, la irritación que te produce saber que no yace a dos metros bajo tierra.

Y cuando abre su bocaza y es, inesperadamente, de lo más educada, te gustaría reventarle el pecho con una maza  de hierro colado aunque sólo sea por ser tan asquerosamente correcta y no darte ni una sola excusa  convincente para odiarla como lo odias; ¡no hay nada más insufrible que querer rascarse cuando no pica!

Y yo -lo reconozco- también tengo a una persona a la que odio en secreto y sin razón; una que me desquicia, que me eleva la ansiedad hasta el grado de somatizar con cefaleas insufribles y acidez de estómago. En un acto de lucidez que me ha costado mucha voluntad y un gramo de paracetamol en vena, he conseguido descifrar las diez razones por las que no soporto su presencia.

  1. Compartir mesa y observar su proceso de deglución me produce una asquerosidad sublime. El simple acto de comer lo rebaja de ser humano a la categoría de gusano de terrario; es como una  máquina trituradora de desperdicios orgánicos, que habla y habla sin parar dejando ver cómo el bolo alimenticio transita de lado a lado de su boca.
  2. El monotema: sus largos soliloquios sobre la vaquería que se va a comprar en su pueblo natal cuando se jubile y la vida de granjero que llevará entonces, descrita con todo lujo de detalles; durante las pausas del trabajo me cuenta los nuevos aparejos que va comprando y guarda en su trastero: desde bolsitas de abono polivitamínico para bovinos hasta azadones para cavar -”¡ven al coche que tengo algo que enseñarte!”.
  3. Que sea él mismo ya me produce una gran ansiedad; es una sensación que no puedo explicar de forma coherente; su sola presencia me despiertan instintos primitivos de los primeros hombres que habitaron el planeta, que debieron haber sido olvidados bajo toneladas de cultura y educación; me siento en su presencia como Hannibal Lecter, encerrado en una jaula como una bestia salvaje y observado por todo el mundo, dispuesto a arrancarle al insufrible la arteria carótida de una dentellada.
  4. El olor de su colonia, ¡agh! Cada vez que se acerca por el módulo de la oficina deja un reguero apestoso de colonia que él mismo afirma que ya no se fabrica -¿!- y del que compró reservas suficientes en un lote que halló en una subasta en la red de objetos vintage. Lleva con el mismo aroma insalubre cinco largos años y no parece que hayan menguado sus existencias.
  5. Como sabe que no soporto su colonia, cada vez que va al baño sube a mi oficina para avisarme -el olor me produce arcadas si se condensa  en un espacio cerrado y prefiero esperar un buen rato-; pero entonces aguarda en el pasillo a que entre y aprovecha para describir con precisión científica mis deposiciones según el ruido de las mismas, situado al otro lado de la puerta, mientras dice preocuparse por mi salud. Esto lo hace invariablemente mientras comparto el baño  con un cliente  o mis superiores, y suele concluir su diagnóstico con enunciados del tipo  “¡desde que tomas los cereales  suena mucho mejor!”.
  6. Todo le da pena. Si muere un mosquito aplastado contra la ventana de su oficina lo recoge con mimo en un folio y lo entierra ritualmente en un macetero que es  como un diminuto cementerio de bichos.
  7. Ayuda hasta extremos insoportables. Una tarde se me olvidó el mechero  en casa y al pedir fuego casualmente salía del ascensor en dirección a mi despacho; me dio lumbre y se ofreció a bajar a comprarme uno. A los veinte minutos me llama para describirme las marcas de mecheros que hay  en el bazar y aunque insisto en que me es indiferente me obliga a elegir una;  a continuación, los colores que se encuentran disponibles, y cuando le digo uno al azar lo descarta, unos por no ir a juego con la corbata que llevaba ese día, otros por los tonos que suelo usar en mi vestimenta,  comentándome de paso algún artículo sacado de las revistas de tendencias que lee los domingos en el parque mientras espera a su madre a la salida de la misa del afable padre Hernán. He probado a colgarlo aposta pero siempre vuelve a llamar: “Deberías llamar a tu compañía; resulta muy molesto tantas caídas de línea”.
  8. Opina de todo: el caso es hablar más que tú y pisarte lo que sea que estés diciendo. Si menciono por qué nadie habla ya del agujero de la capa de ozono, te hace un análisis de las lacas del mercado sin CFC, que vuelven a estar de moda, afirma,  y te describe el estudio de campo que ha hecho atendiendo a la fijación, caída, brillo, volumen y sensación de naturalidad de las permanentes de las mujeres a la salida de la misa dominical.
  9. Es un adicto compulsivo a las campañas solidarias. No hay día en que te pregunte si donaste para esta o aquella. Un día intenté con este argumento: le dije que si sólo Dios podía hacer milagros, qué podíamos hacer los demás en plena crisis económica. Me escuchó con atención mientras soltaba una retahíla interminable de “ajá… ajá… ajá… ajá…” y escribía algo en un post-it: me había anotado el número de cuenta para la transferencia. Me llamó  ese mismo día para confirmarlo y le dije que tenía que colgar, y entonces me respondió muy serio: “¿por qué me cambias de tema?”.
  10. A todo el mundo le cae bien y nadie más aparenta padecerlo. He intentado una y mil veces hacer comentarios,  contar anécdotas o situaciones ridículas para dejarlo en evidencia, pero sólo producen comprensión o como mucho una expresión del tipo “¡qué hombre este!” acompañado de una sonrisa. A mis compañeros, al jefe, a los clientes, a los empleados, hasta la señora de la limpieza me ha dicho alguna vez que se nota cuando ha estado en el baño porque es muy pulcro, “y no como el resto de cerdos de esta empresa de vagos y malcriados”. Todos  los de la oficina cuentan con él para las celebraciones, y he visto a más de una mujer atractiva convenciéndole de que fuera a tal o cual fiesta mientras él se hacía el reticente aposta para que ella se mostrara atenta y cariñosa.

Cómo lo odio.

😀

Imagen: www.glogster.com.

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

16 Comentarios

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  • Pues yo no lo conozco pero ya me cae mal. Aunque lo dudes y me leas muy amable, tierna y sociable suelo ser muy especial y la gente fácilmente me cae mal.
    Especialmente detesto a los que son todologos, han hecho y experimentado todo, se sienten los más simpáticos y atractivos, profesan el yoísmo (yo esto, yo aquello, yo aquí).

    En fin, me voy a la cama en unos minutos pensando en que odio a tu compañero de trabajo.

    Muaaaack para ti, cariño

  • ¡Ay! ¡Qué horror! ¿Y por qué esas personas a quienes no soportamos suelen ser compañeros de trabajo? Seguramente ocurre porque es el único lugar donde no tenemos más remedio que soportarlas…

    Me has hecho reír, sobre todo con la anécdota del mechero, jijiji 👿

    • @Reina: Eso me pregunto yo, jajaja, aunque mi ejemplo es totalmente imaginario. Pero sí que he tenido roces y hasta me han dejado de hablar por tonterías, en fin; y si te he hecho reír mejor que mejor, un abrazo. 😀

  • Jajajaja, qué gran verdad… ¿Porqué será?
    Me recuerda al episodio de los simpsons donde un compañero de homer le tiene tanta tiña y le odia tanto que acaba volviéndose loco… y muriendo electrocutado. xD
    Yo, odiar, odiar, por suerte no llego a eso, pero sí es verdad que hay quien me saca de mis casillas, yo que pensaba inocentemente que eso no podría pasar…

    En fin, como siempre, me has hecho reir! ¡Gracias! 😀

    • @Kiram: Ah, veo que tú también tienes a alguien en el punto de mira, querida… Gracias a ti por compartir y leer esta bitácora y pasarte por ella para aguantarme el rollo, es que yo o escribo de algo o no sé qué hacer, ¡es pura compulsión! Por cierto, qué chulo tu relato corto, ya te dejé un comentario por allá, ¡besote! 😀

    • @Ángel: Y tanto, eso de enterarse de qué opinan los demás de uno tiene su aquel. No sé si tiras con bala por aquel «incidente» tan grotesco de un foro del que no quiero acordarme. 😀

    • @Jose Jaime: Pues eres como el resto de personajes del relato, que al final cae bien hasta a los que comentan en mi bitácora, ¡y peor me cae! Jaja, un abrazo.:grin:

  • porqué me odias? te crees que no leo tu blog, pues tú me caes muy bien, quizás si pasamos más tiempo juntos o te invito unas cervezas se te pase, no olvides darme un toke si precisas algo O:) :party: :love: :love: :love: :love: :love: 8)

  • Esto se parece a la versión escrita de la película, diez cosas que odio de ti y la de diez formas de terminar una relación o algo por el estilo con Kate Hudson. Jajaja… y al final admite que no pueden lograrlo. Qué más da!! xD

    • Jaja, hola Marie. Pues nada que ver con la peli -ya sería tremendo que coincidiera- y no sabía que te gustaba la lencería sexy, te lo borro porque aquí publicidad gratis no jaja. Abrazo. 😀

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