Vivir en 1984

Verde que te quiero verde.

Inmerso en lo que me ocupa, la próxima presentación de mi libro de relatos, imito al avestruz: saco la cabeza del hoyo y miro la fauna de alrededor. El barco sobre la mar y el caballo en la montaña. El paisaje sigue cambiando, terrible, hacia los futuros distópicos de novelas como Fahrenheit 451 o 1984. Los comercios siguen semillenos en Triana -mi Triana, la de Las Palmas-, el bullicio de los niños en el McDonalds y las gafas de sol vestidas de personas en las terrazas, como en los últimos tiempos. Los que compraban en las boutiques y salían cada jueves de tapas lo siguen haciendo. Me inquietan esas personas que pasan de puntillas por el calendario, como si el tiempo histórico no fuera con ellos, viviendo suspendidos en las altas capas de la estratosfera. Para ellos se reescribió la historia: 1984 no ocurrió nunca, y en plena rotación del planeta dieron un paso grácilmente, y saltaron de 1983 a 1985, como antes lo hicieron de 1928 a 1930.

Con la sombra en la cintura.

Sombras por doquier; incertidumbre… ¿Podemos echar parte de la culpa a los intelectuales españoles? ¿Dónde están los literatos, los científicos, los artistas en definitiva (los científicos y los literatos practican tipos diferentes de arte)? Ya hablé una vez de esta ausencia de intelectuales en España o, al menos, de unas voces aglutinantes. Si el gobierno, al menos, tiene un Consejo de Estado, que lo asesora, ¿podríamos tener nosotros un Consejo de Ciudadanía, que nos asesorara frente al gobierno? España se siente como si entráramos en la era posterior al Siglo de Oro, con unos intelectuales de menor talla y un desprecio por el pensamiento como medio para llegar al acto, y no como una amalgama de soliloquios. Tal vez el espíritu de aquella Generación del 98 debería estar más vivo que nunca. ¡Esperpento de España, esperpento verde!

¿Pero quién vendra? ¿Y por dónde…?

Nada vendrá; será una nada anodina, una nada de muerte. No nos alcanzará ni con los bárbaros porque, claro, al menos ellos eran una solución. España se muere; en su simbología de tauromaquia, el astado rompe a sangrar, violento, Goya clava las lanzas sobre el lomo y el descabello, y España, piel de toro, cae en el ruedo de Europa, retumbando con el eco poderoso del Imperio que fue y la ilusión que pervivió del oro de América. ¿Y qué te queda, España, sino la revuelta y la manifestación, la furia de los tercios avanzando en Flandes, el honor y la honra? Apenas nada; los jóvenes emigrando como cuando le hablaban los abuelos, solo que antes emigraban con los zapatos de los domingos y el escapulario de la madre; y ahora emigran con el IPhone y las camisas de Zara en la maleta. Los otros, los que se quedan, conocen la desesperación que les aguarda. Hacen bien en no leer blogs ni otras zarandajas por el estilo, ya que solo calman la ansiedad del bloguero. Enterramos al mismo tiempo, la comunidad de avestruces, la cabeza en el hoyo, justo antes de dar un último adiós al verde viento y las verdes ramas.

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

3 Comentarios

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  • Hacia tiempo que no te leía y ahora que lo hago (me estoy poniendo al día) me acuerdo de las primeras lecturas que hice de tu blog y cuánto me fascinaron…

    Si me quedo con el fondo de este texto soy capaz de ponerme a llorar, o peor aún, caer en la rabia. Así que me quedo con la forma, con las imágenes con las que juegas, con lo bonito que explicas eso que me arrancaría las lágrimas o exaltaría mi rabia.

    Aunque en realidad, no puedo separar una cosa de la otra…

    Un beso, Julio

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