La cocina es el nuevo arte del siglo XXI

Leo a García-Alix, el fotógrafo, comparando su arte con la cocina. Me resulta curioso cómo esta ha ido trasladando otras artes en la comparativa para pasar a ser la comparada. No he leído a un solo escritor que escribir una novela sea tan arduo como preparar un risotto con trompetas de la muerte y ajónjoli; o que aquel poemario que leyó hace tiempo le hacía rememorar la cremosidad de la tarta de queso y arándanos de la abuela.

No sé si podríamos aplicar las corrientes artísticas a la gastronomía; ¿existe vanguardia culinaria? Por supuesto que la tiene que haber. Veamos: todo es vanguardia hasta que se convierte en tradición, que vuelve a ser superada por otra vanguardia –hasta que llegue el Día del Juicio Final, esperemos-. Deconstrucción, estructuralismo, postmodernismo, la inauguración de la Gastronomía Molecular, ¡la vuelta de lo tradicional si se tercia, que todo vuelve…! Bajo la etiqueta de la innovación asistimos a platos compuestos de una alocada ingeniería hortofrutícola cuya misión es impactar, introducir nuevas emociones al cerebro –¡como la literatura!-. Los malos libros, podría decirse a colación, son como una comida indigesta o demasiado grasa, salada, ácida, dulce… Sin embargo, otorgando a los cocineros la potestad –que se toman ellos mismos, faltaría más- de la libre creación… ¿asistimos entonces al todo vale? Me explico.

Cuando un escritor introduce una nueva forma o estilo, si no es fallido, se le aplaude –con el tiento de que tal vez eso que ahora aplaudimos se detestará dentro de cien años, o viceversa-; pero cuando un chef crea un nuevo plato, introduce alternativas, juega con fórmulas alquímicas para crear esas nuevas sensaciones… ¿quién lo regula? ¿Los críticos culinarios? ¿El público? Ruego me disculpen: se puede escribir una novela de éxito, y gustar por tanto a millones de personas, pero este suele estar reñido con la calidad intrínseca del producto –aunque a los lectores de ese éxito se las traiga floja tal argumentación y concluyan con un jactancioso “a mí me gusta”-. Lo peor de El código da Vinci no es que sea un título recurrente para hablar de mala literatura y además de éxito, sino que según pasa el tiempo el descrédito del autor se multiplica por mil. ¿Se imaginan un nuevo libro de Dan Brown arrasando en las librerías? A mí me cuesta imaginarlo, perdonen ustedes.

No soy de esos gourmets que irían al Bulli a probar cuatro patés del tamaño de una cucharada de café y una coca cola con babas de caracol con sal de frutas y pagaría una barbaridad. Directamente, no soy gourmet. Cuando voy a comer, es porque necesito nutrirme, no hacer probaturas con mis papilas gustativas. Para eso puedo coger cualquier tarde, irme a uno de esos restaurantes de alta restauración y probar un pescado al horno con confitura de pato cojo con almendras remozadas en cáscara de naranja con caramelo fosilizado del pleistoceno. “Pero usted a lo que va es a una experiencia, no a comer, propiamente dicho”. Pues bueno, oiga, déme usted de comer, hombre de Dios.

Debe ser por gente como yo que se inventaron los asadores y los bocadillos.

Dentro de poco asistiremos a las declaraciones de un pintor diciendo que su último lienzo ha sido como sancochar un huevo, a un escultor explicando que su performance podría explicarse con la imaginería de una bar con una lista de más de 200 tapas, o la de un arquitecto con una presentación de Powerpoint donde nos enseñe que los arcos ojivales del frontis se le ocurrieron al pelar naranjas mientras se preparaba una founde de chocolate.

Cada ciertos años, se ponen de moda profesiones; vuelven las series de abogados, médicos, policías, y pronto harán una serie de cocineros que hará las delicias de toda la familia. Esto ya será el acabóse del empezóse –leí esta frase una vez y me pareció simpática- y abundarán los giros culinarios en nuestra vida, prestigiando tanto la alta restauración –solo un adjetivo cómodo para poner más de cien euros por cubierto- como la ópera, el teatro o la literatura. Fíjense ustedes que no hay alta y baja ópera, ni alto o bajo teatro, ni alta o baja literatura; tan solo buen o mal teatro, buena o mala ópera y buena o mala literatura.

Y como son ustedes muy inteligentes, les dejo que lo mediten unos instantes, lo justo para que me dejen un comentario.

Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

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