Slumdog Millonaire
Sin caer en lo naïf, el director de Slumdog Millonaire, Danny Boyle (Trainspotting, 28 días después), ha logrado relatar, desde la óptica del cine indie, una historia que pertenece a otra esfera de realidad pero que igualmente convive con esta otra de más acá, como la frontera invisible y sin vallas que separa al inmigrante ilegal mexicano de los EE.UU. Existe la frontera, existe la realidad de la frontera, y también, claro, una literatura de frontera.
Si bien comencé a verla pensando que me defraudaría por abrumado, en el sentido de las excelentes crítica y de su casi segura victoria en los Oscars, hay que señalar que el virtuosismo visual de la película, tanto desde el punto de vista de los encuadres como el de la fotografía, es maravilloso.
Slumdog Millonaire destaca también por el montaje. La cámara de Boyle tiene varias lentes, que amplían lo que describe y narra para hacernos partícipe, como en el mejor cine clásico, de la historia de estos niños. Y lo que vemos, es, un amor, una expresión del amor, quizás más hermoso del mundo. Hay cosas que quedan perpetuas y grabadas a fuego.
Quizás el único defecto es que el final se hace previsible y es un final “made in Hollywood”, es decir, que Boyle aquí no arriesga. Pero no desmerece la calidad de la cinta que, con toda probabilidad, es de lo mejorcito que se ha visto en el último año.
Sé que mi crítica te parecerá demasiado breve. Tengo mis razones. ¿En una palabra? Peliculón.
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