Pequeñas victorias para el día a día

No sé si a ustedes les ocurre que en sus mentes, por azar, brotan una serie de consejos prácticos para mejorar la calidad de vida: la mayor parte de las veces, la íntima. Estas ideas, suspicaces y certeras, las expresamos sin esfuerzo aparente, como si siempre hubieran estado ahí, aguardando el momento. Leemos, observamos, y, sin que nos lo pidan, ahí van nuestros aforismos con explicación incluida, por si acaso. Sentido común al cubo.

Pero no lo aplicamos en nuestras propias vida; somos ejecutores de aforismos. ¡Qué útil sería poder tomar conciencia de estas verdades fabricadas por nuestras mentes!

Pensando en las actitudes que nos molestan, me he dado cuenta de que una de las más desagradables… es la de intentar agradar a los demás. En realidad, nos han programado para hacerlo desde lo que se conoce como: educación. Es complicado desprogramarte, pero cuando lo consigues -y se logra- es como si una gran válvula de escape lanzara un chorro de angustias hacia afuera. Te preguntas, entonces: y por qué me preocupo por lo que piense este o aquel -y a veces acompañas el este o aquel con un adjetivo descalificativo-.

Este año he conocido gente maravillosa -nueva- que he añadido a mi vida. Pero, para ilustrar este mal que consiste en agradar a los demás, voy al caso: he conocido a una persona que, por ambiente laboral, me tocaba padecer en eso que se conoce como reuniones. Tal persona no sabe dónde le queda la mano izquierda, literalmente -aunque para la labor que realiza necesita muy poco, lo puede hacer un becario, y he sido becario, lo digo con amor-, pero, aparte de algún episodio al que no le hubiera dado mayor importancia, esta persona no me saluda en ciertos ámbitos sociales.

Dejándome arrastrar por la sensación de decoro y educación, me volví a acercar por segunda vez, tras una primera que me resultó impertinente meses atrás. Tal persona no te mira a la cara. Ladea el cuerpo, la mirada le corre vaga, una sonrisa, yo entablezco la conversación: “Hola, cómo estás”, “Muy bien”, y listo. Y me voy incómodo. ¿Qué estará mirando? ¿Y esa sonrisa incómoda y falsa¿?

Esto es bastante desagradable y falto de educación. Me llama la atención las personas que no son capaces de establecer vínculos agradables con los demás, y hasta me irrita.

Así que mi mente retorcida se pone a imaginar si no me saluda porque se siente en un plano de relaciones sociales superiores -que es lo que a mí me parece que puede ser- o porque… porque no sabe. Hay personas, como esta, rondando los cincuenta, si no más, que han tenido la educación que han tenido y miden la vida por una escala de valores sociales: si tienes un gran cargo, si eres un escritor famoso, si eres su jefe… son serviles. Si no, hartos de su servilismo, se comportan de manera distante. En el fondo da sentimiento.

Lo que me molestaba, en el fondo, no era tanto caer de nuevo en la misma estupidez, porque perteneciendo a esta especie es lo que toca: es por el enfado que me viene sin necesidad y porque, en definitiva, tengo mil cosas por las que estar más que satisfecho con mi vida.

Y, en el fondo abisal, hay un componente de ego que me brota y que siempre está ahí, acechando para rebelarse. Muy mal, Julio, muy mal.

Así que otro aprendizaje para la vida: no actuar para complacer a los demás es liberador y, además, reduce el ego, aunque parezca lo contrario: este se manifiesta, según mi experiencia, cuando pensamos demasiado en nosotros mismos.

¿Te suena algo de todo esto?

Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

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