Porcia es una mujer sabia
Porcia: Si hacer fuera tan fácil cómo saber qué sería bueno hacer, las ermitas serían iglesias y las cabañas de los pobres serían palacios de príncipes. Buen adivino es el que sigue sus propias instrucciones: me es más fácil enseñar a veinte qué estaría bien hacer que ser uno de los veinte para seguir mis propias enseñanzas. El cerebro puede trazar leyes para la sangre, pero un carácter caliente se salta un frío decreto: una liebre así es la locura de la juventud, brincando por encima de las trampas del inválido buen sentido.
El mercader de Venecia, William Shakespeare.
Vista la inteligencia y lo cabal de Porcia -y su decisiva intervención en la obra-, leamos estas deliciosas descripciones de pretendientes que rechazó, y sus motivos, a cual más divertido.
- El príncipe napolitano: No habla más que de su caballo. Mucho me temo que su señora madre tuviera que ver algo con un herrero.
- El conde Palatino: Oye contar chistes y no sonríe; temo que cuando se haga viejo resultará un filósofo llorón, si en su juventud está tan lleno de seriedad descortés.
- Monsiuer Le Bon: Dios le hizo, así que dejémosle pasar por un hombre… Si canta un tordo, se pone en seguida a dar cabriolas; es capaz de esgrimir contra su propia sombra. Si me casara con él, me casaría con veinte maridos.
- El barón Falconbridge: Ya sabes que no le digo nada, pues ni me entiende él, ni yo a él: no sabe latín, ni francés, ni italiano, y puedes ir ante un tribunal a jurar que yo no sé ni dos ochavos de inglés. ¿Quién puede conversar con una pantomima? Creo que se ha comprado el jubón en Italia, las calzas en Francia, el sombrero en Alemania, y los modales en todas partes.
- El sobrino del duque de Sajonia: Me parece muy mal por la mañana, cuando está despejado, y muy mal por la tarde, cuanto está borracho: cuando está mejor, es un poco peor que un hombre, y cuando está peor, es poco mejor que un animal.
Querida Porcia: te adoro. 😀
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