Moby Dick

Una de las mejores interpretaciones de Moby Dick que he visto nunca es la de Gregory Peck -aunque también en Salvar a un ruiseñor me parece que está memorable- porque su representación del capitán Ahab bordea lo mágico. Me parece ver en Peck al propio Ahab: en la película, su poderosa y totémica personalidad le hacen surgir poderoso de entre todos, incluida la propia ballena blanca.
Hoy día no sería prudente una explicación unívoca al símbolo de la ballena blanca, pero sí podríamos señalar que el propio Melville, en el capítulo 113, relata como el capitán Ahab hace forjar al herrero del barco un arpón destinado a la ballena blanca, mandándolo templarlo con sangre de los tres arponeros en un ritual fantasmagórico, pronunciando una fórmula a modo de bautismo. Aludiendo a este pasaje, escribe una carta a Hawthorne, su ídolo literario, en el que escribe: “Ése es el secreto lema del libro: Ego non baptizo te in nomine… pero adivine el resto”.
Sin embargo, a pesar de los intentos sobre el significado oculto, y de que tanto el nombre bíblico de Ahab como las interpretaciones filosóficas –Schopenhauer, Hegel– se mezclan en un todo que permea la lectura de la novela, los propios novelistas, deudores o admiradores de la novela, no han querido reducir sus posibles significaciones. Leamos a E.M. Forster: “Nada puede afirmarse sobre Moby Dick sino que es una lucha. Lo demás es canto.”
Sí, Ahab es responsable de la muerte de toda su tripulación, él incluido, con la sola excepción del superviviente – narrador.Figura nítidamente shakesperiana para la percepción lectora, Ahab es antes que nada un héroe. Pero, cualquiera que sea la culpabilidad de Ahab, parece mejor pensar en el capitán del Pequod como un protagonista trágico, muy cercano a Macbeth y al Satán de Milton. Mutilado por Moby Dick, Ahab afirma su orgullo y su derecho a la venganza, la posesión de una chispa, en el capítulo 119, titulado “Las candelas”:

– ¡Ah, tú, claro espíritu del claro fuego, a quien en estos mares yo adoré antaño como persa, hasta que me quemaste tanto en el acto sacramental que sigo llevando ahora la cicatriz! Te conozco, y ahora sé que tu auténtica adoración es el desafío. No has de ser propicio ni al amor ni a la reverencia; e incluso al odio no puedes sino matarlo, y todos caen muertos por ti. No hay ahora necio temerario que te haga frente. Yo confieso tu poder mudo y sin lugar, pero hasta el último hálito de mi terremoto la vida disputará el señorío incondicional e integral sobre mí. En medio de lo impersonal personificado, aquí hay una personalidad. Aunque sólo un punto, como máximo: de donde quiera que haya venido; adonde quiera que vaya; pero mientras vivo terrenalmente, esa personalidad, como una reina, vive en mí y siente sus reales derechos. Pero la guerra es dolor y el odio es sufrimiento. Ven en tu más baja forma de amor y me arrodillaré ante ti y te besaré; pero en tu punto más alto, ven como mero poder de arriba; y aunque botes armadas de mundos cargados hasta los topes, hay algo aquí que sigue indiferente. Ah, claro espíritu, de tu fuego me hiciste y, como auténtico hijo, te lo devuelvo en mi aliento.

Según Ahab, la manera correcta de adorar el fuego es afirmando la propia identidad en contra de él. “¡Golpearía al sol si me insultara!”, exclama el prometeico capitán, estableciendo un patrón de desafío que ninguno de sus seguidores ha igualado. No podemos sin elogiar el extraordinario aliento narrativo de la novela. Ahab nos cautiva aunque su monomanía nos espante.

Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

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