Historia natural de mi gilipollas – I

Es muy cool correr, para un gilipollas, por la playa de Las Canteras junto con un Golden Retriever o un Pastor Alemán. Sí, puedes tener un gilipollas, cierto, pero un gilipollas cool, que es un pedigrí muy apreciado. Nada más sofisticado que observarlos: en Mesa y López dando gritos a un regordete; comiendo una baguette en un Bistró acompañado de un pelirrojo irlandés; deambular por Triana con un gilipollas de ascendencia real; o, ya de menos, pasear por el Parque Doramas al paso amodorrado de un gilipollas argentino. Nunca pensé, como hombre y escritor y amigo, nieto, hermano, hijo, y deportista y no fumador y no bebedor -salvo agua y refrescos de colores o de jugos naturales-, y hablo de un pensamiento trascendental y que todo lo permea y lo contiene a un tiempo, que hubiera tanto gilipolla suelto. No, tanto no.

Dicen que en las grandes urbes hay cada vez más solitarios. Ya no más: los gilipollas han llegado al rescate. En los Estados Unidos 6 de cada 10 hogares tienen un gilipollas, aunque la tendencia al alza va en una progresión geométrica que los sociólogos consideran alarmante –y es que los Estados Unidos siempre son la punta de lanza-; 1 de cada 4 mujeres comparte la cama con uno –según la Asociación de Mujeres Canarias -; 1 de cada 10 hombres afirma que tiene un vínculo afectivo más fuerte con su gilipollas que con su pareja. Los gilipollas, definitivamente, nos enseñan otra manera de contemplar el mundo. Long John Silver llegó en un momento crucial. Ha sido un salvador, una reencarnación de Mathias, nuestro primer gilipollas, condecorado con la Cruz de Hierro alemana. No solo socorrió a 17 heridos en plena guerra mundial -porque, el muy gilipollas, llamó confundido al enemigo pensando que era la casa de su abuela Frotzen e informó de cuándo se realizaría el ataque sorpresa con todo lujo de detalles: tropas de asalto, número de unidades acorazadas, flancos con debilidades defensivas, tácticas de encubrimiento, así que murieron casi 200 buenos hombres pero salvó a 17, heridos leves, porque confundió otra orden y los mandó a la retaguardia-, pero, lo más importante, salvó dos almas: la mía y la de mi mujer.

No me pesa mi nueva vida, al contrario. Si bien algunos de mis hábitos se han modificado, la mayoría siguen  igual: voy al supermercado y mi gilipollas me espera paciente en el carro o amarrado a la entrada –es por su bien- acompañado de otros gilipollas, incluso en … le permitieron la entrada (“que no se salga de la plataforma acondicionada para ellos, señor”), viajamos en taxi y hasta en guagua (“¿le cobro dos pasajes o uno y medio?»).

Long John Silver sabe comportarse en sociedad como un gilipollas de campeonato, yo diría –porque lo quiero- un gilipollas olímpico, pues en otro caso no tendría ningún sentido: atraviesa a la mitad de las calles, muerde niños, se come los objetos perdidos de extraños y disfruta sus paseos y convivencias con otros gilipollas. Eso sí, de vez en cuando comete alguna gilipollez que, por ende, le es inherente a su condición. Escribo mientras mi Long John Silver se echa una siesta pesada tras comer alimentos que le sientan mal. A media tarde, me acompaña a leer haciendo de atril o a tomar un café que le altera los nervios, acudimos mensualmente a la reunión del Club de Gilipollas Las Palmas en el parque situado junto a la Biblioteca Insular… Somos muy civilizados, hasta podríamos ser deportistas y practicar el bike dumb, el trekking dumb o la natación, sino fuera porque no tenemos condición física y sobre todo porque se dedica a gritar cuando ve agua y asusta a todo el mundo, inclusive a otros gilipollas. Durante nuestros paseos por el CAAM o la Plaza de España, la Fuente Luminosa o el Auditorio Alfredo Kraus, no añoro ni el Central Park ni Les Tulleries. Es tan relajante verle hacer el gilipollas.

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

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