Compulsiones inconfesables de un bibliófilo
Sabes que esa semana sale el libro a la venta. Das vueltas sobre la cama, las habitaciones, la ciudad. Redistribuyes tu tiempo. Marcas con un rotulador en el calendario.
Entras en la librería con aire despistado. Por dentro te comen las vocecillas de cientos de castratis, medio tono más alto, más bajo, en clave de sol, de fa, el asunto es el despropósito. Miras los expositores de los más vendidos. Ahí está el cartel anunciando el milagro. Pero no está ahi. Tal vez coges algunos otros al azar y haces como que lees la contraportada.
Pero no lees nada. Miras por encima, observas al resto, buscas pistas. El entrenamiento riguroso en desentrañar la mística de las librerías es indispensable.
¡No lo ves por ninguna parte! ¡Pero si desde ayer estaba a la venta!
Los castrati interpretan el Ave Verum de Mozart. Te golpea el tímpano, pasas tres veces por la zona de literatura infantil y otras dos por la de macramé y punto de cruz. El ave verdadera. ¡Debería haber una pila enorme en alguna parte!
¡Allí, allí!, te dices, acercándote al estante, procurando que tus pasos no desvelen tu paroxismo. Contención, te exiges a tí mismo. Lo coges en tus manos. Sólo queda uno, te dices, consciente de que en el estante no cabrían más. De que, en el almacén, habrá cajas y cajas. Pero este que tienes en tus manos, ¡este!, este es ¡mío!
-Son setenta y cuatro euros -te dicen- ¿Se lo va a llevar?.
Lo vale. Pagaría el doble si fuera necesario. Edición de lujo a partir del manuscrito original, con tratamiento antimoho del papel, fotografías, aparato crítico, marcador de hilo color burdeos. ¡Mío!
Llegas a casa. ¿Qué hora es? Son las siete y media de la tarde. Sería un sacrilegio si…
La espera es insoportable. Buscas desesperadamente qué hacer. Te sudan las manos; tragas de forma compulsiva. Vas a la ducha de rutina. Te pones el pijama como se viste a un santo. Cenas un sorbo de cualquier cosa y una galleta cubierta de azúcar blanquilla.
Te aseas de nuevo, sólo lo fundamental: dientes, cara, lavas tus manos y las llevas en alto, como un sacerdote antes de la extremaunción. Te abres paso empujando con los pies las puertas.
Ahí está, envuelto en papel de regalo, dentro de la bolsa, sobre la cama.
Habías dejado la cama hecha con el mimo ornamental de una criada en noche de boda.
Sobre la cama, apoyado en dos espléndidos cojines de un viaje a Turquía, desenvuelves el libro. Primero piensas en conservar el papel. Pero tus nervios lo destrozan; un dedo rasga el papel y decides arrancarlo. Lo arrojas dentro de la bolsa y ésta la escondes bajo la cama. En la habitación reina un equilibrio trascendente.
Nada puede quebrar la liturgia.
Lo tomas, ya desnudo, entre tus manos.
Tú tienes vestido, tú serás nuestro príncipe, y toma en tus manos esta ruina.
Isaías 3, 6
Y lo hueles. Sí, aspiras cada molécula que desprende el paso de las hojas, delicadamente insertadas. Lo pasas sobre tu rostro como harías con el sexo de una mujer joven, inspirando profundamente, y vuelves a repetirlo, porque no quieres parar, tienes miedo a dejar de sentir.
Deconstruyes el proceso de impresión en tu memoria. Examinas las letras, su disposición, el tono de negro de la tinta, el tipo; el talento del maestro encargado de los dibujos alegóricos enroscados en las primeras letras de cada capítulo.
Ya embriagado del perfume a libro nuevo, recorridas sus páginas con el mimo con que se poda una rosa virgen, investigado el índice, poseído en la contemplación de su belleza, te incorporas y te diriges al mueble que sirve de librería. Lo sitúas en el lugar que le habías asignado esa misma mañana.
Cierras el mueble y giras una vez la llave.
Cuando los amigos te pregunten, responderás con las anécdotas más divertidas sobre el autor. Sabrás el nombre de cada personaje. Las diversas etapas de composición serán recitadas de memoria. Porque antes de comprarlo ya lo sabías todo sobre él.
El cazador investiga y analiza su presa. Y luego la captura.
El libro no será leído jamás. El sentido de su existencia es permanecer en su lugar predestinado. No disfrutas sabiendo que, cualquier día, puedes leerlo.
No.
Lo que en verdad te inyecta ese arroyo extasiado que insufla tu respiración agitada es la certeza de su posesión.
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Toma!!!. Parece un relato de Hemingway de caza, salvando la diferencia de estilos. Muy bueno, te atrapa la narración, casi he sentido el “libro” en mis manos 🙂 .
También me recuerda a que existe un tabu en los cazadores de ciertas tribus de Africa, tras cobrar la pieza, no comen de su carne.
.-= Último artículo del blog de Javier Castañón… El corazón de las tinieblas =-.
¿Ah sí? Investigaré eso de las tribus. O sea, la pasión de la caza por encima de otras consideraciones como la lógica, que es cazar por comer.
Hemingway no está un escalón por encima mío; me veo directamente en el sótano y a él en la torre de marfil. Pero me gusta que lo cites junto a mi nombre porque así me da por flipar un rato. 😀
Claro, el guerrero pacta, más bién regatea con el espíritu de la pieza … animismo desaforado. La analogía en tu relato seria: ” la pasión por la posesión por encima de otras consideraciones como la lógica, que es poseer el libro para leerlo.”
:-;
.-= Último artículo del blog de Javier Castañón… El tiempo de una mil-billonésima de segundo · ELPAÍS.com =-.
Por cierto, decia Borges que Hemingway se suicidó porque comprendió que no era un buen escritor. Jo, con el ciego y que mala leche tenia. 🙂
.-= Último artículo del blog de Javier Castañón… El tiempo de una mil-billonésima de segundo · ELPAÍS.com =-.
Borges tenía unas cuantas de esas. Tiraba a matar. Claro, uno tiene la idea de un Borges viejo y ciego, por nuestra edad. Pero en su momento también fue joven y treintañero. Qué miedo debía dar. 😀