Julio César: la batalla del Sambre

sambrecesarFuente: Wikimedia.

Después de tres días de marcha, César llega a la orilla izquierda del río Sambre e instala su campamento. Manda a su caballería a hostigar al enemigo para que éste no obstaculice los trabajos de defensa.

Pero los nervios, parapetados en los bosques a la derecha del Sambre, dejan a los jinetes atravesar el río y llegar al lindero del bosque… Entonces, saliendo de su escondite con un impulso furioso los aplastan y siguen hasta la orilla opuesta.

Son ochenta mil hombres que ven que los trabajos de fortificación de César aún están sin terminar; los legionarios, trabajando con los útiles de construcción y desarmados, los ven lanzarse sobre ellos. El terror y la desorientación hacen  presa sobre las legiones de César. Lo que sucede a continuación es un terrible combate cuerpo a cuerpo.

Los legionarios se agrupan como pueden por donde les ha sorprendido el ataque, sin buscar sus respectivas unidades. Se forman tres sectores de combate, donde las legiones luchan cada una por su lado, produciéndose situaciones paradójicas.

A la izquierda, la temible y gloriosa X legión, junto a la IX, luchaban contra un enemigo de poca valía y débil numéricamente (en la imagen: Viromandui y Atrebati).

En el centro, las excelentes VIII y XI, contra los mediocres contingentes de su lado.

A la derecha, la VII y la XII legión -ésta última formada por reclutas sin experiencia- se vieron en una difícil situación. Sufrieron la embestida de 50.000 nervios. Los jóvenes soldados ceden y se dejan desbordar; el enemigo penetra en el interior del campamento. ¿La consecuencia?:  el pánico se apodera de las tropas auxiliares -ver imagen-.

Los mercenarios y los jinetes tréveros -era habitual que las ciudades conquistadas fueran obligadas a entregar soldados al ejército- huían en desbandada.

En esta crítica situación, César rehuye de las reglas tradicionales del arte militar de la época, que requería de actos preliminares antes del combate:

  • El general en jefe disponía las tropas en línea de combate
  • Arengaba a sus soldados
  • Daba la orden de ataque

Pero el primer movimiento de César fue exhortar a sus soldados a la resistencia;  recorre una a una sus legiones, empezando por su fiel X.

Y llega, entonces, a la XII que, recordemos, estando compuesta de jóvenes sin experiencia, había cedido demasiado pronto al empuje de los nervios. Estos se estorbaban, según cuenta el propio César, entre ellos; que muertos los centuriones y el abanderado de la 4ª cohorte, perdido el estandarte, heridos o muertos casi todos los centuriones de las demás cohortes, el resto se mostraba remiso a la lucha, y que otros muchos se contentaban con evitar los dardos del enemigo.

César comprende. Coge su escudo a uno de los que huyen y, por entre la masa humana que obstruye el paso, se adelanta hasta la primera fila. Una vez allí, como si pasara revista a las tropas en una mañana soleada, llama por sus nombres a los centuriones, uno a uno.

La visión es sangrienta y horripilante: van llegando, unos trémulos, otros hoscos y taciturnos, agotados y llenos de heridas, con el furor de la batalla en sus cuerpos. A todos se les asigna una misión. Se da la orden de abrir filas para que los soldados puedan usar sus espadas, y la VII legión, aislada, es llamada a unirse con la XII.

Estas medidas detienen la huida; los soldados cobran esperanza y brío. Pero la situación seguía siendo crítica: al haber atravesado las líneas de defensa y escapado del cerco de la joven XII legión, el enemigo podía conseguir algo más, un objetivo codiciado por las tribus galas: atrapar a César.

Pero esta vez la retaguardia iba a salvarle. El sobrino de César, Labieno, que escoltaba las provisiones y las municiones, topó durante su marcha hacia el campamento con los que huían de la batalla, que gritaban que todo se había perdido. Labieno no pierde tiempo y reagrupa la retaguardia, lanzándose en ayuda de su tío. Desde una colina ve la difícil situación; y decide atacarlos por la espalda, creando una pinza mortal, mientras las legiones de Pedio, que también lo acompañaba, lo hacían por las alas. La suerte de los nervios estaba echada.

César, en sus memorias, recuerda el ardor guerrero y la valentía del pueblo nervio en este tramo final de la batalla, y concede la vida -algo que no era demasiado habitual en César- a los pocos prisioneros que quedaron. Es bastante probable que el dato de que casi los extermina haya resultado decisivo para despertar su  magnanimidad. Ya no volvería a ser un enemigo peligroso.

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

6 Comentarios

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  • Ha sido una lectura muy grata. Emocionante, y bien explicada.

    Me ha venido a la memoria, las trifulcas que se montan entre las aficiones y la policía, pero aquí con muertos y heridos en un reyerta salvaje.

    Abrazo

    • @Jose Jaime: A mí es que la vida y batallas de César me apasiona. Creo que es una de las grandes vidas y no sólo fue un gran conquistador: fue también un gran político -no al estilo de Cicerón, pero hábil sin duda-. 😀

    • @Ángel: La vida e historia de los grandes nombres -Enrique VIII, Julio César, Hitler, Borgia, Luis XIV, etc.- siempre me ha apasionado. Encuentro similitudes con estos tiempos. Desentrañar el presente a través del pasado… ¡un abrazo! 😀

  • esta bien pero falta la parte que la x legion y la ix atraviesan el rion destruyen el campamento belga y vuelven a atacar la retaguardia delos belgas. me parece

    • @Luciano: ¡Hola! Pues puede ser, yo lo saqué de un libro de historia porque me resultó interesante y no sé si faltaría eso, en todo caso queda apuntado con tu comentario, ¡un abrazo! 😀

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