Hamlet en una cáscara de nuez

Hablar de Hamlet sin incluír una sola línea de los cientos de miles de estudios sobre el drama es casi tan difícil como  resolver el enigma de la cuadratura del círculo. Y es que en cada nuevo estudio aparecen líneas de interpretación, afines o no a tal o cual corriente crítica, cuando no diseccionan hasta el límite una característica pasada por alto. Tan vasta es la obra.

Como es fácil recurrir a la Wikipedia, a un manual de literatura o a un simple diccionario enciclopédico -o al aparato crítico de esta o aquella edición-, no considero interesante hablar de los personajes, los cinco actos en que se compone, la relación entre el espectro -su padre- y Hamlet, si el suicidio de Ofelia no es en realidad fruto de la presión de su padre por un lado y la del príncipe por el otro,  la carnicería del quinto acto, los dos mundos -interior y exterior- y sus consecuencias para la obra, la reconducción de un caos -el asesinato de su padre- y cómo Hamlet redirige la situación para volver al equilibrio perdido, las estructuras…

Prefiero hablar de la palabra y el lenguaje. Porque todo Hamlet es, a mi juicio, el arte de la palabra. La palabra que configura y moldea: a nosotros, lectores heridos de asombro, y a los propios personajes. Mi ayuda en este camino de redescubrimiento de Hamlet, donde perderse en cientos de líneas de estudio y análisis sobre un aspecto concreto es muy sencillo,  es Cómo leer y por qué, de Harold Bloom. Él me enseñó a leerlo por el simple placer estético y a hacerme muchas preguntas que la crítica universitaria esconde bajo un manto académico tradicional. La relectura de Hamlet nos permite saber más sobre nosotros mismos y sobre el mundo, porque esta obra condensa algo más grande que un universo. No te extrañe, en su relectura, hallarte algún día escuchándote a ti mismo en voz alta.

Acto I. Escena I.

Entra el espectro

¡Pero silencio! ¡Mirad! Ahí  aparece de nuevo.
He de ir a su encuentro aunque me condene.

Hamlet es la representación de lo humano. Hamlet es la búsqueda del orden tras el caos, es decir: restablecer la armonía perdida; y Hamlet, el príncipe de Dinamarca, lo intenta mediante el lenguaje: sus recuros imaginativos y retóricos son, probablemente, los más poderosos de la literatura universal.

Hamlet es un personaje que empatiza con el público en cuanto sale a escena, y pronto compatibilizamos con él. El uso de su ironía, trágica, nos dibuja un ser demasiado inteligente, tanto que hace eso que los demás guardamos en la intimidad: hablarse a sí mismo en voz alta. Y es proceso mediante el que Hamlet cambia. Al mismo tiempo, ese cambio cambia el destino de los demás y el suyo propio: la obra se dirige a una resolución final que se presiente como un estallido.

Acto III. Escena I.

Rey.

¿Y no podéis con ninguna treta sonsacarle
por qué muestra ese extravío
que aturde y discordia su ánimo
con una locura tan turbulenta, tan peligrosa?

Hamlet tiene siete soliloquios, que tiene dos públicos: nosotros y él mismo, que es un entrenamiento para que nos escuchemos a nosotros mismos. Y no se nos escapa su tremendo poder intelectual. Pero ¿quién posee más poder intelectual: el personaje o su creador?

Acto II. Escena II.

Hamlet.

¡Dios! Sería yo el rey del espacio infinito incluso
encerrado en una nuez, si no fuera porque tengo pesadillas.

En sus soliloquios, que incluye aquel que ha trascendido a la cultura popular -«Ser o no ser…»-, Hamlet demuestra que no escucha a nadie: sólo sabe escucharse a sí mismo involuntariamente. Lo que sí tiene es un sentido de su pujante personalidad interior; tanta, que al final de la obra dice no tener tiempo para decir todo lo que podría. Y en su arte de la palabra nos revela a los personajes de la obra.

Acto III. Escena I.

Hamlet.

No acabo de entender eso. ¿No querrías tocar la flauta?

Guildenstern.

No sabría tocarla, señor.

Hamlet.

Os lo ruego.

Guildenstern.

En verdad, no sabría.

Hamlet.

Ea, os lo suplico.

Guildenstern.

No podría siquiera manejarla.

Hamlet.

¡Es fácil! Como mentir… Poned los dedos, y el pulgar también, en estos orificios; soplad y veréis cuán elocuente es su música. Fijaos bien: estos son los registros.

Guildenstern.

Sería yo incapaz de extraer de ella ni una sola nota melódica. Me falta la destreza necesaria.

Hamlet.

Muy indigno debo pareceros, puesto que sí queréis que yo suene; y además conocéis mis registros y hasta me arrancaríais mis secretos más íntimos. Harías vibrar todas mis notas desde la más baja de mis registros hasta la más alta. Y sin embargo, habiendo más música y tan excelente en este pequeño instrumento, no podéis hacer que hable. ¡Voto al cielo! ¿Soy yo más fácil de tocar que una flauta? Tomadme por el instrumento que mejor os plazca, manoseadme cuanto queráis, pero no lograréis tañerme.

Hamlet es un personaje, además, con claroscuros. Intenta, a partir del lenguaje, restablecer el orden, como habíamos dicho anteriormente, aunque sea a costa de cometer actos impuros. Mata sin remordimientos al padre de Ofelia,  a ella  lleva al suicidio, ordena la muerte de sus dos grandes amigos -traidores- y cuando ve la calavera de Yorick, el bufón que lo acompañó en su infancia, casi parece sentir más aprecio por él que por su padre -o sin el casi-. Y nos produce un escalofrío.

De alguna forma, Hamlet escribe la vida de los otros; es un dramaturgo dentro de la obra. Más allá de su poderío intelectual, su mayor misterio es el influjo de su carisma .

En Hamlet, cuya vastedad de asuntos sobre los que tratar es casi infinito, encontramos la representación de una obra dentro de otra, cuyo fin es probar a Hamlet la culpabilidad de su tio. De alguna forma, esta ración extra de teatro dentro del teatro y el juego escénico entre espectador / teatro/ obra dentro del teatro crea una visión perpleja de la obra. Pero Hamlet, como dice Harold Bloom, es indestructible, y Hamlet sigue siendo el drama experimental jamás montado, aún en la época de Beckett, Pirandello y los autores del absurdo: Hamlet es la obra más libre y salvaje que se haya escrito jamás.

La obra transcurre como una expansión de la conciencia de Hamlet, que se amplía en cada intervención de éste. ¿Hasta que punto no vuelve loca a Ofelia, para que Laertes lo rete, mata a sus hermanos, trastorna a su madre, llega a desquiciar a su tío para que prepare su muerte, y concluye la obra con un reguero de sangre propio de una película de cine negro? Todo esto, sin embargo, son sólo suposiciones dentro de la capacidad de control que otorgamos a Hamlet en su obra. Vemos entonces dos obras de teatro: la representada, y la representada en la mente de Hamlet.

Irónico más allá de nuestro entendimiento, Shakespeare nos ha dado una obra toda Hamlet: sutil, volátil, de una inteligencia suprema. A quien la lea bien y en profundidad no le quedará alternativa: se convertirá en Hamlet, a veces para su propia perplejidad. Lo que más importa de Hamlet no es el apuro en que se encuentra sino su legado: porque no tenemos otra forma de aprehenderlo, nos amplía la mente y el espíritu.

El príncipe no muere como expiador vicario de nuestras faltas, sino, antes bien, con la angustia individual de llevar un nombre execrable. Del mismo modo es probable que nosotros, ya esperemos aniquilarnos o resucitar, acabemos preocupados por nuestro nombre. Hamlet, el personaje de ficción más carismático e inteligente, prefigura nuestra esperanza de enfrentar el final común con valentía.

Cómo leer y por qué, Harold Bloom.

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

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